(Diario de adolescencia) 25 de noviembre de 2017



Me despierto una hora más tarde de lo habitual y, cuando levanto la persiana, me doy cuenta de que ya ha pasado completamente el amanecer. El cielo ya está azul y las nubes todavía no lo han invadido. Solo, en la lejanía, se ve una ligera, blanquísima pelusa que, mientras escribo esto, se irá mezclando con una nube pequeña y gris que no había visto venir. La luz que cae sobre los edificios del alrededor es azul; al abrir la ventana, noto un frío templado que casa perfectamente con ella. Los semáforos cambian del rojo al verde y del verde al rojo sin que nadie les haga caso, puesto que, por la calle, no hay coches no hay gente. Las campanas de Santa Maria suenan: son las ocho. Se oyen unas aves, como cada mañana, y desearía que hubiese llegado el verano para ver volar los vencejos que cruzan mi calle de poste a poste, de pared a pared. Me pasaré la mañana estudiando.
«¿Qué me cabe esperar?» Puede que, hoy, muy poca gente tenga interés por responder la pregunta que formuló Kant. ¿Que qué me cabe esperar? La muerte, se dirá. Plana, sobre todos nosotros, cierto ateísmo. No me parecería mal si no fuese porque el ateísmo es una posición tan dogmática y contraria al espíritu científico como lo puede ser la fe. De hecho, actualmente, quizá se encuentren más ateos convencidísimos y devastadores que creyentes intolerantes. El agnosticismo, ante el ateísmo, es una opción humilde, un no mojarse delicioso. El ateísmo resulta dañino no solo porque no mantiene ninguna esperanza, sino porque puede desembocar en el puro nihilismo. El problema de raíz quizá sea que insistimos demasiado en separar el sujeto —quiero decir, tú o yo... o, mejor, yo para mí y tú para ti— del objeto, del mundo que nos envuelve. Desde el momento en que no hay límites que me distingan de lo que me rodea, puedo afirmar que dejaré este mundo tal como lo he conocido como sujeto pero seguiré estando en él, seguiré habitándolo como parte de lo que he conocido como objetos. Todas estas cuestiones son muy importantes y necesitan ser discutidas con claridad y tiempo.
Diez de la mañana. Todo sería distinto si no partiéramos de la idea de que, en un principio, hubo un pacto social. La vida en comunidad es posible porque así lo hemos acordado. Probablemente, el segundo pacto más importante para construir nuestras relaciones sea el pacto del amor: ¿cómo quieren vivir su amor dos personas? (Sí, dos personas. Parto del presupuesto de la monogamia porque eso que se ha venido denominando poliamor no me parece que solucione gran cosa.) Sin un acuerdo en el amor, las relaciones se conducen caóticamente, como un mundo anárquico. El acuerdo clarifica, limita. ¿Una relación abierta o cerrada? ¿Hablar cada día o solo cuando surja la necesidad? ¿Vivir juntos? Hay demasiado por tratar, eso está claro; si una relación amorosa tan solo consistiese en definir la misma, el amor sería algo bastante pobre. Pero nunca está de más poner algunos temas sobre el tapete. Dentro de una relación, se puede establecer una pequeña, humilde legislación que ahorre dramas. Los dramas son la sal de la vida, pero no hace falta llamarlos a gritos: vienen por sí solos. En cualquier caso, las relaciones amorosas suelen crecer con demasiada inercia, rapidez o mecanicismo como para que quienes las viven hablen sobre ellas. Y, así, nos iremos equivocando.
Comida con la familia. Pizzeria Lluis. Pido un risotto de setas. Cada vez que vuelvo a pasear por Mataró, reencuentro su casco histórico intacto, como si la gente de aquí fuese muy cuidadosa y conservadora, como si no se quisiera ningún cambio para esta ciudad que vive como puede al lado de una Barcelona proteica.
A las tres, corro a la peluquería. Raquel me hace el corte de siempre. La piel de la nuca se me irrita, como de costumbre. Me hace las patillas lo más cortas posible del amor, de que la gente de mi generación va a lo que va. Nunca ha sido fácil generalizar: hay de todo. Ponerme moralista y decir que ya no se vive el amor como antes sería inútil, puesto que ni sé cómo se vivía el amor antes. La Historia no sigue ni un progreso exponencial ni una decadencia inevitable. La Historia, el tiempo, pasa o, más bien, nos pasa. Nos entestamos en descubrir la esencia de las cosas, el sentido de todo, cuando, en realidad, abandonaremos este mundo como llegamos a él. Tener proyectos, construir castillos de arena, aprender, son cosas hermosas. Sin embargo, pertenecemos a la materia que nos rodea y volveremos a ella irremediablemente. Hay hechos que nuestra razón no puede dominar. Es, de hecho, un alivio que no todo dependa de nuestra consciencia.

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