(Diario de adolescencia) 25 de diciembre de 2017



El día de Navidad coincide mecánicamente con el cumpleaños de mi abuela paterna. Hoy, la comida familiar es en su casa —es decir, en el segundo piso del edificio en que vivo. Me presento al almuerzo muerto de asco: anoche, comí unas quince o veinte piezas de turrones y bombones; esta mañana, he desayunado lo mismo. Ahora, sentado a la mesa, escucho al orador de la familia, a los demás, los agradables silencios entre un tema de conversación y otro. El hogar está encendido y las llamas lamen la chimenea como si fuesen una lengua y las paredes fuesen helado. Menú: escudella, carn d’olla, pollo con ciruelas, canapés de foie gras. Venía sin hambre y he comido como si me obligasen a ello. En algún momento, he dejado de escuchar las charlas que se sucedían a mi alrededor. «Me he dado cuenta de que la gente normal somos una minoría.» Realmente, me conviene dejar de escuchar. Me tiendo en un sofá, cerca del hogar, y dejo que el fuego me cueza suavemente. Carne de cerdo: yo mismo podría haber sido el plato del día. Yo soy mi cuerpo. Y mi cuerpo es carne, piel, pelos, sudor, roña, mármol, grasa, huesos, saliva, piel muerta, uñas, crema hidratante, piel hidratada, poros abiertos y cerrados, rojez y palidez, pecas y un rectísimo, flaco bigote.
El día que sienta que realmente pertenezco a esta familia, alguna cosa habrá cambiado radicalmente dentro de mí. Después de la comida, a eso de las cinco, voy al gimnasio. Está casi desierto. Todo el mundo debe encontrarse con sus familias. La gente que hay me da lástima: ¿no tienen una familia que les dé aliento la tarde del veinticinco de diciembre? Me doy lástima por mi incapacidad de sentirme arraigado a nada. Quienes estamos en el gimnasio este día somos como las uvas que han caído del racimo al suelo; algunas han caído por pochas y otras por voluntad propia. Corro tanto como puedo en la bicicleta elíptica, pero así no voy a huir de nada.
Por la noche, salgo de fiesta. Me canso tanto que me paso todo el día siguiente en la cama, mareándome cada vez que trato de levantarme.

No hay comentarios:

Publicar un comentario