(Diario de adolescencia) 24 de noviembre de 2017



Anoche, me volví a instalar algunas redes sociales en el móvil. «Cambias de opinión con mucha rapidez.», me comentó Paula. No le falta razón. Tan pronto veo que las redes amenazan mi bienestar como que, huyendo de ellas, solo me estoy recluyendo en mi caparazón de miedo. Las relaciones que se traban a través de Internet son curiosas, novedosas: podemos saber del otro más de lo que se desprende de lo que nos dice; nuestros currículos son públicos y nadie tiene que hacer un gran esfuerzo para llegar a ellos; ya conocemos a la gente que queremos conocer antes de conocerla, de manera que la única cosa que nos queda es esperar a que los demás hagan algo imprevisto que transforme la imagen que tenemos de ellos.
Saliendo de la universidad, me topo con Francesc. Me extraña que, estudiando en la misma facultad, no nos hubiéramos encontrado antes. Dice que va a clase por las tardes; ese debe ser el motivo. En cualquier caso, nos pasamos una hora entera hablando en medio de la calle. Recordamos el concierto de Alaska de principios de año: ¿cómo han podido cambiar tanto las cosas desde entonces? Las personas con quienes nos llevábamos bien ahora nos giran la cara u obvian que existimos como si compartiéramos un pasado. Le digo que tengo la sensación de que muchas de las amistades que surgieron el curso pasado, mi primer curso, ahora se están marchitando. Veo el presente con esos ojos de decadencia y, cada vez que un examen me va mal, me parece poder confirmar que hay algo roto en mi vida. ¿No será que, en verdad, hay algo roto en todos? ¿Y que la única forma de arreglarlo —o fingir arreglarlo, con tal de hacer la vida más soportable— es mantener algunas creencias? Me cuesta convencerme del poder de los amigos, de los libros, del saber, de la obra literaria que querría hacer... Así, no hay modo de avanzar. Me despido de Francesc y espero volver a verlo pronto. Lo espero sinceramente, puesto que me ha demostrado que, pese al paso del tiempo, nuestra complicidad permanece.
La amistad es algo extraño, algo rocambolesco por lo que dos personas que se hablan como si se odiasen pueden amarse tan profundamente que, el día que se discuten y prometen no volver a hablarse nunca más, se van a la cama con el convencimiento de que todo enfado tiene poco valor y de que es cuestión de tiempo que vuelvan a estar en buenas relaciones. La amistad es un enigma porque en verdad no tenemos ni idea de qué opina de nosotros la otra persona. La amistad es la familia que se ha elegido.
La conversación con Francesc me ha dado temas en los que pensar durante todo el día. A los dos nos preocupa la necesidad de tener novio de algunas personas de nuestra edad. Más que como una necesidad, se les presenta como una emergencia, como tener que salir a mear a mitad de una clase interesantísima. Pienso en tres chicos cercanos a mí que sienten esa necesidad, como si un novio fuera la panacea a todos sus problemas y lo que verdaderamente provoca malestar al ser humano no fuese su mortalidad. Se quieren novios guapos, cultos, ricos, educados, productivos, atentos, sin entrecejo. ¿Se quieren novios o se quiere un término de comparación? El hombre, naturalmente, compara su estilo de vida con el de otros hombres con tal de ver si se equivoca en algo ―es, esto, consecuencia del hecho de que, en este mundo, caminemos atientas. Si uno se busca un novio infalible y luego lo usa como término de comparación, la discordia va a nacer muy pronto. No escribo porque sepa cómo es el hombre; escribo porque me observo. No huyo del amor, pero voy con mucho cuidado con ilusionarme, puesto que hay pocas cosas más fáciles que empezar una relación con alguien que va a desordenarte la vida antes de salir de ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario