sábado, 23 de diciembre de 2017

(Diario de adolescencia) 23 de diciembre de 2017



He soñado con el hombre de mi vida. No recuerdo su cara. Al despertarme, he empezado a comer lo que nunca como. «¿Tienes un ataque de ansiedad de dulce?», me pregunta mamá. Magdalenas, galletas, chocolate... Comer sin parar durante un cuarto de hora. Tiempo récord. Después, me tomo un café con leche y hago como si nada hubiera pasado. Empiezo el día. Paso la mañana sin pena ni gloria. Leo, voy al gimnasio, escucho música. También hago las tres cosas a la vez. Es un sábado cálido; por la calle, hay más movimiento de coches que movimiento humano; la luz del sol cae sobre un parque urbano como si fuese el escenario de una peli para niños. En casa, sigo leyendo.
Cojo el autobús para Barcelona a las cinco. Iré a ver una peli a la Filmoteca y luego saldré de fiesta. Hace tres meses que no salgo de fiesta. Pensaba que esto había dejado de gustarme, pero la verdad es que la simple idea de emborracharme, fumar y cantar me resulta muy apetecible. ¿Qué ha cambiado de hace tres meses a esta parte? He engordado, eso está claro. ¿Qué más? Hace tres meses, estaba empezando a estudiar Filosofía. Ah, Filosofía: he abandonado la carrera, pero no me siento desligado en absoluto de la materia; sigo leyendo libros filosóficos y tengo muy presentes algunas de las lecciones que me han dado durante este primer, único semestre.
Al llegar a Barcelona, todavía anochece. Para hacer tiempo, decido ir a tomar algo a la cafetería del CCCB. Hay pocos transeúntes sin bolsas en las manos. Tantos regalos... Hay tanto por consumir que nos acabamos consumiendo a nosotros mismos.
Me encuentro con Abril en la boca del metro de Liceu. Vamos hasta la Filmoteca. Un vagabundo persigue a otro hombre y unos vigilantes de seguridad lo retienen. En el cine, vemos Poison, dirigida por Todd Haynes, aunque la sesión ya ha empezado cuando entramos. La banda sonora no solo enfatiza la intensidad de ciertos momentos, sino que ayuda a crear la narración de la peli. Hay alguna escena con colores muy sugerentes.
Cenamos ramen en un wok cercano a Carrer Tallers. Vamos a casa de Abril, donde bebemos vino y ella se maquilla. Nos dirigimos, después, en metro, hasta Ultrapop. Entramos demasiado pronto y no hay casi nadie. A partir de las dos, la discoteca se llena. Un chico persigue a Abril porque quiere bailar con ella. Yo hago como que bailo conmigo mismo. Salimos a fumar cuatro, cinco o seis veces. No reconozco a nadie. No conocemos a nadie nuevo. Los chicos se besan a nuestro alrededor y parece que todo el mundo tiene una cama y un hombre con los que terminar la noche. Salimos de Ultrapop a las cinco y media y, a las seis, ya estoy en la estación de Sants, dispuesto a subir al tren hacia Mataró. Ahora solo me apetece dormir, aunque admito que esta noche hemos bailado con profesionalidad y pasión y podríamos decir que nos lo hemos pasado bien.

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