jueves, 21 de diciembre de 2017

(Diario de adolescencia) 21 de diciembre de 2017



A las nueve y media, voy junto a mis padres a votar a mi colegio electoral, Col·legi Mare de Déu de Lourdes. Por suerte, no encontramos mucha cola. Luego, les acompaño al trabajo. Por el camino, nos cruzamos con tres monjas —«Son las siervas», me comenta mamá— que preguntan a mi padre cómo se encuentra y él les agradece que hayan rezado por su salud. Les da un sobre y ellas reaccionan entusiasmadas. La monja que va en medio, cogiendo del brazo a las otras, es la más joven y dicharachera. La que tiene a su derecha tiene las cuencas de los ojos hundidas y dice: «El dinero es secundario.»; es muy anciana y casi no le queda voz. La otra monja, la de la izquierda, tiene unos impresionantes ojos azules y no dice gran cosa. «A ver si la lotería se lleva bien con todos nosotros. Un poquito, un poquito…»
Cuando regreso a casa, subo al piso de mi abuela y me comenta que irá a votar. Nunca me lo habría imaginado. Se la ve animada y muy segura de quiénes tienen que reconducir la situación política. Me habla de una mujer con la que estuvo hablando en la carnicería, una mujer de noventa y cuatro años; al parecer, le dijo: «Te aconsejo que cuides de ti y solo de ti.» Mi abuela se quedó impresionada, puesto que no aparentaba en absoluto su edad. ¿Debe de haber algo de egoísmo en lo que nos mantiene jóvenes? Cuando era pequeño y me preguntaban por mi mayor deseo, decía que era llegar a los cien años.

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