(Diario de adolescencia) 2 de diciembre de 2017



A veces, uno, sin pensárselo demasiado, puede decir: ¿qué queda por investigar en el campo de la literatura? Todo ha sido dicho, todos los clásicos han sido reinterpretados infinitas veces. No obstante, ¿qué hacemos con los autores que la Historia decidió olvidar? Encontramos algunos rastros de ellos, nada serios. El trabajo académico sobre la literatura —y, ¿por qué no? También sobre la filosofía— me parece más estimulante que nunca cuando consiste en recuperar, construir las obras de quienes fueron ignorados con el paso del tiempo. Tengo la sensación de que un escritor como el barón de Maldà corre el riesgo de desaparecer de la historia de la literatura catalana. Centrémonos en él. Leámoslo.
En la carnicería del supermercado, la dependienta de la carnicería dice que me ve raro con el bigote. Respondo que ya se acostumbrará. Cada vez que alguien hace referencia a mi bigote, me llevo la mano a la cara y me lo tapo, con el gesto más inseguro de que soy capaz. Me parece que el nombre de esta dependienta es Loli. Llevo unos seis o siete años haciendo la compra en el mismo sitio y, sin embargo, pocas veces me he parado a pensar en cómo debe llamarse. Sí, cuando era más pequeño, me gustaba ir a hacer recados y no mediar más palabras que las indispensables con los comerciantes; ahora, quizá siendo más consciente de mi soledad, aprovecho cualquier ocasión para entablar una conversación. No estoy más solo que antes. Siempre he sido solitario y, además, creo que la gente de mi alrededor no ha tenido interés por acercarse a mí. No estoy más solo, pero aprecio el contacto humano como nunca antes lo había hecho. Que Lola me haya dicho: «Te veo extraño, con ese bigote.», ha cambiado el sentido de la tarde entera y hace que vuelva a casa sonriente, sintiendo una cierta calidez que contrasta con el frío de la calle.
¿Cómo debe ser eso de, en el amor, fundirse con la otra persona? Incluso teniendo pareja he temido acercarme demasiado a la persona amada. No quiero perderme en el otro. Quiero, en cualquier caso, fundirme con los demás, con todos ellos. Quiero salir a la calle y mirar a cualquier persona a la cara y reconocer en ella a un hermano… No, a un hermano no, a un padre y a un hijo al mismo tiempo. Un padre, un protector. Un hijo, alguien a quien proteger. Mirar a un desconocido a los ojos y reconocer, en él, a otro ser humano: ¿sigue siendo posible? ¿No será ya algo del pasado?

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