lunes, 18 de diciembre de 2017

(Diario de adolescencia) 18 de diciembre de 2017



Comienzo de semana. Semana de exámenes finales en la facultad de Filosofía. ¿Debería presentarme sabiendo que estoy dejando la carrera y que el próximo semestre ni me presentaré en clase? No lo sé. Tengo dos exámenes: uno hoy y otro el viernes. No me presento al de hoy. Sin embargo, a eso de la una, voy a la facultad y me reúno con Abril. En parte, si empecé a estudiar Filosofía, fue porque quería seguir gozando de su compañía diaria. Conocí a Abril el curso pasado; los dos habíamos empezado la carrera de Filología Catalana, aunque ella la abandonó porque no era lo que se había imaginado. Nunca me había sentido tan comprendido como conversando con ella. Me aferro fuertemente a la amistad que, hace algo más de un año, creamos porque sé que encontrar a alguien con quien conmoverme no siempre es fácil. De hecho, más que ninguna regla, es la excepción.
Con Abril, voy al BuenasMigas, donde pedimos un café para llevar y una Coca-Cola. De allí, vamos a la Fundación Mapfre, en el edificio Garriga i Nogués. Abren a las dos. Paseamos por la exposición sobre Rodin porque solo tenemos media hora para verla. Esos cuerpos resplandecientes e imperfectos me hacen amar más que nunca la realidad tangible. Todas las frustraciones desaparecen cuando olvidamos un poco todo pensamiento y nos concentramos en tocar, respirar... Los cuerpos de Rodin revelan la belleza del ser humano sin enaltecerla.
No creo que quien se limita a vivir tenga nada que reprocharle a quien se limita a observar. La inercia, la finitud de la vida, nos llevarían a desear vivencias muy intensas, vivencias con las que nos desgastásemos. Hay muy poca gente que, sabiéndose vivo, no haya tenido la voluntad de experimentar lo propiamente humano «como si fuese el último día». ¿Por qué tendríamos que actuar como si fuese nuestro último día? Probablemente, cuando llegue mi último día, no sabré que lo es hasta que, sintiéndome muy cansado, me acueste y ya no despierte. O, quizá, ese último día, me sentiré demasiado derrotado por la enfermedad como para aprovecharlo apasionadamente. ¿Por qué tendría que vivir como si este fuera mi último día en lugar de ir viendo, de ir construyendo poco a poco? Justamente cuando he pretendido vivirlo todo he acabado siendo rechazado por mi alrededor y, en cierta forma, envejeciendo con demasiada rapidez.

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