(Diario de adolescencia) 17 de diciembre de 2017



Leo durante toda la mañana. Hannah Arendt y Josep Maria Esquirol. Desde que, hace un par de días, me dije que quería dejar Filosofía, he dejado de ver mi alrededor como algo desafiante y dañino. Vuelvo a pensar en escribir; es cuestión de días u horas que vuelva a hacerlo, a teclear, a concebir proyectos de cierto peso. No cabe duda de que, en el futuro, habrá momentos en que me arrepienta de haber dejado el grado y en que me pregunte qué habría pasado si hubiera seguido con él, pero el ritmo que he llevado este último semestre me resultaba inaguantable.
Volveré a dormir siete u ocho horas, a comer bien, a leer a mis autores favoritos. Abandonando Filosofía, me siento como un niño caprichoso. En cierta forma, me da igual dar esa imagen. Durante demasiado tiempo he intentado demostrar no sé qué a no sé quién. Mi objetivo no es ser ningún prodigio, no es competir, no es ser envidiado. No tengo algo así como un objetivo más allá de escribir, escribir y escribir. Escribir para dejar constancia de algo tan banal y único como una vida humana. Escribir para encontrar algo más en la materialidad de lo que vivo. Escribir por el puro placer, por la pura inercia de escribir. ¿Por qué escribo? Porque es mejor que no hacerlo. Podría alegar decenas de motivos por los que escribo, pero con ninguno llegaría a lo esencial. Puede que acabe convirtiéndome en eso que siempre he temido —un diletante, uno más que va de escritor bohemio de los cojones, un pesado— si no me aplico un poco de disciplina, pero, sea lo que sea lo que me depare el tiempo, seguiré escribiendo para acumular pensamientos, para completar una obra que nunca se acaba.

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