sábado, 16 de diciembre de 2017

(Diario de adolescencia) 16 de diciembre de 2017



El catorce de septiembre pasado, tuve la primera clase de Filosofía con Montserrat C. En un momento determinado, dijo: «Las sociedades en que vivimos nos están intentando ocultar la equivocación y el fracaso.» Esta mañana, hojeando los apuntes del semestre, me acuerdo de ese momento. Lo admito: me he equivocado. Empecé a estudiar Filosofía confundiendo interés con vocación. La semana que viene tengo dos exámenes finales y la entrega de un trabajo de esa carrera, pero no me presentaré en la facultad. Pese a las notas bastante buenas que he sacado durante el semestre, me quedarán suspendidas las tres asignaturas. El dinero que mis padres pagaron por la totalidad del curso se irá a la basura; que me quiten lo bailado, puesto que he disfrutado de las clases, el ambiente y las lecturas como si verdaderamente fuesen lo más idóneo para mí.
La Casa Azul dice en una de sus letras: «Se acabó hacer teatrillos para destacar.» Lo mismo digo. Me concentraré en la carrera que empecé el curso pasado, Filología Catalana, y escribiré y leeré para compensar lo poco creativo que he estado esta primera mitad del curso. Se acabó hacer teatrillos para destacar, sí. Hacerme el fuerte se ha acabado. ¿A quién he intentado demostrar lo que valgo? ¿Qué ojos se dirigen a mí y hacen que actúe como si tuviera que justificarme ante el mundo que me rodea? Va siendo hora de dejar de forzar mi propia vida y poner atención en las oportunidades que me salen al paso, por diminutas y desconocidas que sean.
Al mediodía, voy a los Premis TimeOut con Francesc. Me habla de un profesor con el que mantuvo una charla y que le comentó que yo soy muy pretencioso, que soy solo fachada, que quiero y no puedo. Bueno, si era es la sensación que le di cuando le conocí, ¿quién soy para rebatírselo? En cualquier caso, me deja una mala sensación en el cuerpo. En los premios, comemos canapés. Bebo dos copas de vino, un gin-tonic, una botella de cerveza y un vodka con lima. Cuando salimos del lugar, una sonrisa me aflora a los labios y voy de acá para allá. Podría escribir, con dramatismo: «He dejado la carrera de Filosofía y me he dado a la frivolidad y el alcohol.», pero eso no sería más que una salida de tono. En realidad, soy demasiado consciente de lo que me hago como para echar por la borda mi propia vida.
Este diario va tocando a su fin. Ha llegado la hora de no ser transparente. Ya está bien de mostrarme desnudo en una copa de cristal. Ahora empiezo a esconderme, ahora vuelvo a los recovecos de los que nunca me debería haber alejado. La privacidad nos concede una blanda, débil libertad. No tengo nada que demostrar. Solamente a mí mismo me tengo que dar explicaciones por las decisiones que estoy tomando. Responderé a lo que la realidad me pida, pero lo principal es escribir, completar esta obra.

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