(Diario de adolescencia) 15 de diciembre de 2017



Estos últimos días, no he escrito porque no he pensado. Aún menos he imaginado. Estoy agotado y deprimido. Duermo mal y como a deshoras porque mi horario en la universidad es horroroso. Quizá, la intuición que tuve unas semanas de que debería dejar Filosofía no es una intuición desacertada: aunque las asignaturas son apasionantes y me encanta el aire que se respira en la facultad, hacer esa carrera a la vez que hago Filología Catalana resulta impracticable. Impracticable, al menos, si pretendo ser un buen alumno. Si pretendo ser bueno. Ser bueno. Ser lo mejor que puedo ser. Ah, me equivoco tantas veces. Siempre me estoy equivocando. Cada día es un pequeño fracaso. Por más que, en el fondo de mi consciencia, desee escribir y estudiar y charlar y observar y, en definitiva, comunicarme, todo me supone un esfuerzo completamente contingente. Yo pasaré y el mundo seguirá aquí. Yo pasaré y pasaré junto a mi diario. ¿Nada quedará? Probablemente, nada quedará. Ni siquiera tengo el consuelo de los imbéciles que creen que serán eternos porque tienen muchas posesiones. No tengo nada ni me hace falta, pero la sensación de que seré lo único que no sobreviva es inmensa. ¡Me ahorraría tanta angustia si me diferenciara menos del mundo que me rodea! La distinción entre el sujeto y el objeto se establece a una edad temprana. Desde ese establecimiento, yo como sujeto me he ido hinchando, como una babosa. Me he ido llenando al igual que mi cuerpo se llena cuando engordo porque como mucho, porque noto el vacío, porque sé que todo esto es finito y no puedo soportarlo. En serio, ¿cómo puede ser que la gente lo aguante? ¿Cómo puede ser que hasta ahora haya tolerado todo este mar de finitud, de cosas en erosión constante? La muerte está por todos lados. El edificio de Carrer Jaume Isern que fotografié el año pasado y que hace unos días han echado al suelo es la muerte. Mixa es la muerte. Mi reloj deteniéndose porque se le acaban las pilas es la muerte. Los bienes que consumimos son más fugaces que nunca porque son de mala calidad: ante tantas expresiones de la muerte, ¿cómo sobrellevamos la idea de que también nosotros nos estropeamos? Estoy estropeándome constantemente. Hace unos meses, me creció la papada. También los pechos. El cuerpo me pesa. Ya me pesaba cuando era un niño y estaba bastante gordo. ¿Qué significan los años? Más peso, más fatigas. Y, si sé que mi disposición física empeorará, ¿cómo me permito, insultantemente, angustiarme ahora que aún soy joven? Pero, pensándolo bien: ¿quién me dice que soy joven? Nunca me he sentido joven. Siempre he mirado a los demás niños, chicos, y me he quedado admirado. ¿Dónde estaba esa jovialidad en mí? ¿Ese olvido de sí mismos? ¿Todo ello estaba escondido o era algo que estaba reprimiendo? En fin. Personas que contaban con circunstancias mucho más desfavorables que las mías han acarado la vida con fuerza y dignidad; si leyeran estas frases, tal vez querrían abofetearme. Sea como sea, ya ha quedado escrito. Ya puedo descansar. Basta.

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