(Diario de adolescencia) Primero de noviembre de 2017



Cuando un conductor de autobús no saluda al viajero que le dice hola o cuando un camarero deja de hablar con un tono de voz amable a alguien que no le ha dejado propina, vemos con claridad que el cliente de esas situaciones deja de ser tratado con la cortesía que se merece. No se le guarda consideración. Es un objeto. Puede pasar lo mismo al revés: cuando un pasajero no saluda al conductor del autobús o cuando un cliente ni mira a los ojos a su camarero cuando le pide algo, el conductor y el camarero están siendo reducidos a objetos; podrían ser sustituidos por una máquina y a nadie le importaría.
Comprar y vender en un mundo industrial nos ha llevado a olvidar que estamos rodeados de seres tan únicos y complejos como nosotros mismos. Salimos a la calle y no nos asombramos ni asustamos ante la cantidad de vidas, de transeúntes que vemos pasar. ¿Cómo es eso posible? ¿Por qué no nos preocupa ignorar que estamos rodeados de otras personas, de humanos que perciben realidades tan nítidamente como nosotros mismos percibimos la nuestra?

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