(Diario de adolescencia) 9 de noviembre de 2017



Siete de la mañana. Desayuno con prisas: tengo clase a las nueve. Josep Maria Esquirol suele definir la condición humana como vivir a la intemperie. La idea de intemperie me parece muy alejada de las grandes ciudades, donde siempre estamos a cobijo de los altos rascacielos o de algún agente del ayuntamiento. Es asombroso que la administración de las capitales tengan tan bien controlados a los vagabundos de su zona. El anonimato es impracticable. Para hablar de la falta de certeza y seguridad del hombre, prefiero decir que caminamos a tientas, puesto que entrar en una habitación oscura y no saber dónde se encuentre el interruptor es muy similar a ir viviendo sin el conocimiento de cuál es el sentido de todo esto. Probablemente tuviera razón Freud al decir que solo las religiones habían conseguido dar un sentido a la vida. La pregunta en sí —¿cuál es el sentido de la vida?— se me antoja muy desacertada, como si quien la formulase no entendiese nada. Saber el sentido de la vida implicaría que nosotros hubiésemos decidido nacer con tal de dar forma a un proyecto; en verdad, nos hemos visto arrojados a este mundo y tanto quienes tiemblan al hablar como quienes se explican con firmeza pueden a llegar a conocer lo mismo del mundo.
Salgo de casa a las siete y cincuenta y cinco. Por la calle, oigo una trompeta de plástico. Miro hacia las ventanas de los edificios que hay a mi alrededor. Seguramente ese sonido viene de detrás de alguna de esas persianas echadas. Un niño, antes de ir a clase, habrá cogido su trompeta de juguete y la estará tocando para toda la ciudad. Un momento: ¿no es algo sorprendente? Percibimos algo y, en pocos segundos, se nos ocurre su posible causa. Elucubrando sobre la causa de algo, nos creemos que lo explicamos, que lo comprendemos totalmente. El otro día, vi una maceta derrumbada en mi calle y lo primero que pensé fue que unos gamberros la habrían destrozado; al acercarme, me di cuenta de que no estaba derrumbada, sino que solo tenía una forma extraña. Está claro que, queriendo encontrar la causa de todo lo que pasa a nuestro alrededor, nos tranquilizamos pero no entendemos mejor el mundo.
Llego tarde a clase. A las diez, tengo dos horas muertas. Voy a Cèntric Bar e intento hacer deberes, pero acabo prefiriendo escuchar las conversaciones de las personas que hay en las demás mesas. El local es pequeño y la luz amarillenta hace pensar en la noche, en los países nórdicos. A través de dos amplios cristales, se ve Carrer Tallers y los transeúntes que se dan prisas para no llegar tarde al trabajo. Dos hombres hablan de un tal Quim Casas y de la crítica que ha hecho sobre ese nuevo biopic sobre Godard: busco su nombre en Internet y me entero de que es un crítico de cine. Investigo ese biopic. Godard: juventud comprometida, vejez eremítica; ese esquema se repite en la vida de distintos artistas e intelectuales, como si, en efecto, la energía vital se fuese apagando a medida que se crece. ¿Qué energía me quedará a los ochenta años si ya me cuesta actuar, pronunciarme?
Anoche, ya en la cama, sentí la necesidad de leer a Josep Pla. Pasan los años y sigo sin encontrar un mejor remedio a la tristeza que su lectura. Busco la entrevista que le hizo Salvador Pániker en Internet. Dice: «Yo, desgraciadamente, he sido un hombre poco sensual. Es una cosa de la cual me arrepiento profundamente.» Llegar a la vejez y arrepentirme de todo lo que no he hecho: hay pocas cosas que me den más miedo que eso.
Me cuelo en una clase de introducción a la ética. La profesora es jovencísima y llega las puntas del cabello teñidas. «La ética de Kant es una ética de intenciones, no de acciones.» 
Voy a dos clases más. A las cinco, tengo más tiempo muerto. Vuelvo a ir a una cafetería. Si el café no fuese tan barato, ya estaría arruinado. De hecho, podríamos decir que ya estoy arruinado puesto que, aunque tengo ahorros, no cuento con una fuente de ingresos; a medida que voy gastando mi dinero, me quedo sin él. Querer tener ahorros debe tener mucho que ver con el capitalismo, con el dinero por el dinero: si el dinero no se entiende en relación a la compra y venda de unos productos y servicios, ¿no pierde todo su sentido? Pasa a ser pura abstracción. El dinero fue inventado para concretar el valor que tienen las cosas y ha acabado siendo algo así como un valor de nada, una cifra. En cierta forma, quien ahorra es nihilista: puesto que quiere conservar su dinero, quiere conservar la nada. En fin.
La cafetería a la que voy es el Buenas Migas de Plaça Universitat. El curso anterior, pasé tantas horas aquí que me siento como si hubiera vuelto a ese bonito primer año de universidad. Hay unas cuantas camareras y un único camarero. Tiene el cabello oscuro, los ojos claros y una cara redonda y delgada que hace imaginar cómo debía ser de niño. Cuando llego, se está tomando un café, en su tiempo libre. Apoya la palma de la mano sobre su mentón mientras escucha a la chica que tiene delante; dirige los ojos de acá para allá. Las miradas son tan poderosas que podrían llegar a cambiar el significado de un día entero. Quien decide no enamorarse con tal de prescindir del dolor siempre tendrá el consuelo de las miradas luminosas, sonrientes, en las que no se reconoce la intención que hay detrás.
Esta mañana, en clase, se ha hablado de la libertad. Lo que hoy entendemos por este concepto es lo que la Edad Moderna nos ha legado. En Grecia, la condición de hombre libre se entendía por oposición a la de esclavo. ¿Qué puedo decir sobre la libertad? Hay pocas palabras que me digan menos. Le han dado tantas definiciones que ya no sé cuál creer. Creo que era Nietzsche quien definía la libertad como no tener que mentir; si me ciño a este posible significado, la libertad cae muy cerca de mi vida diaria y tiene relación con las personas a quienes temo. Ser sincero no supone un problema hasta que, cierto día, imprevisiblemente, una mentira sale de nuestras bocas y la creemos tan insignificante que no vemos la necesidad de corregirla. Con el tiempo, puede que esa mentira dé lugar a otras personas o que una nueva mentira corpulenta y grasa nazca sin que le concedamos la menor importancia; ya nos habremos acostumbrado, así, a esa forma de solucionar los problemas tan efectiva en que consiste tapar la verdad.
Ser sincero, pues, se impone como condición para ser libre. También diría que se impone como condición de bondad. Eso de los peccata minuta es una concesión a la mentira muy poco apañada: o se es siempre sincero o uno asume que es un miserable y que, al final y al cabo, acabará en el mismo hoyo en que acaben personas más honradas.
Dijo Sartre que el hombre es lo que hace con lo que hicieron de él. Eso es precioso. Yo soy mi libertad, ya que mi libertad es lo que hago con lo que han hecho de mí. Ahora bien: lo que estoy diciendo es muy poco exacto. Si los demás han reducido mi libertad diciéndome todo aquello que no puedo hacer, mi libertad será del tamaño de una caja de cerillas. Quizá la creo enorme, pero, comparándola con tal de otros seres humanes, veré cuán limitada es. Hay una grave diferencia entre lo que siento que es mi libertad y lo que, de hecho, es mi libertad. Observar la vida de los demás me sirve para intuir qué puede el ser humano. Si autores como Simone de Beauvoir o Josep Pla usaron su libertad para dar a grandes construcciones, tengo la indescriptible esperanza de que podré hacer algo semejante. Sí, de pequeño, tenía la ilusión de ser un genio; la ilusión, a diferencia de la esperanza, no se funda más que en nuestra capacidad imaginativa. La esperanza es la certeza —quizá estúpida, quizá muy sabia— de que algo bueno está por llegar. Ahora que he visto con un poco más de calma cómo funciona el mundo, no me veo capaz de igualar a Simone de Beauvoir o Josep Pla. Ni siquiera me vería capaz de ordenarles el cuarto. Sin embargo, mantengo y quiero acrecentar esa fe en que lo mejor está por llegar, en que solo nos acercaremos a la excelencia si nos esforzamos por alcanzarla.

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