(Diario de adolescencia) 8 de noviembre de 2017



Ayer por la mañana, escribí una frase en este diario, con la esperanza de que, a lo largo del día, se me fuesen ocurriendo ideas y las pudiese anotar en el móvil. Pero no tuve el estado de ánimo idóneo en ningún momento. Las ideas me fueron viniendo a la cabeza y dejé que pasasen como si el metro hubiese llegado al andén cuando yo todavía estaba en las escaleras y hubiese decidido que no merece la pena echarse a correr, puesto que podría esperar al siguiente. En una clase, nos pusieron la obertura de Tannhäuser y recordé que, en segundo de bachillerato, escuchaba con auriculares mientras iba en autobús hacia el colegio. ¡Cuánto ha cambiado desde entonces! El primer año de la universidad fue tranquilo, apasionado, gratificante. Ahora, me siento solo y no sé qué es exactamente lo que ha sucedido. ¿Tendré la culpa de este malestar, de esta especie de órgano roto que hay dentro de mí? No he vivido el momento de gloria de mi vida y, no obstante, me siento nostálgico. Puede que eche de menos los días en que me decía que sería un gran escritor y que la gente me amaría por ello y aún me lo creía. Hoy, he leído en Hannah Arendt que un escritor que no escriba para hacer una buena obra, sino para ser un buen escritor, será un mal escritor. Debe tener toda la razón del mundo. Anoche, volviendo a casa, me dije que todo era insoportable, aunque, al mismo tiempo, no sentía ningún tipo de dolor.
Hoy no he ido a la universidad. Habían convocado una vaga. Tampoco me he manifestado. Arendt también habla del compromiso político del hombre. ¿Cómo voy a moverme por el colectivo si ya no recuerdo ni cómo moverme por mí mismo? Me he pasado la mañana y la tarde leyendo. A las siete, he ido al gimnasio. Al salir, un chico entraba y me ha sostenido la puerta, dejándome pasar. Le he dado las gracias y ha sonreído. Me he pasado diez minutos pensando en esa sonrisa. Esos dientes, esa bondad en la mirada. Solo las miradas pueden ser totalmente bondadosas; los hombres lo somos a tiempo parcial, para nuestra vergüenza.
Teniendo la sensación de que acabo de escribir cuatro estupideces en este diario, me acuesto. Antes, escribía novelas. Escribir novelas era absolutamente edificante: tenían un principio y un fin; que fuesen mediocres era secundario. Podría volver a ser constante, perseverar, tomarme cada día como un reto, pero puede que lo que tanto ansíe sea algo que no depende de mí: estoy hablando del reconocimiento de los demás.

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