(Diario de adolescencia) 4 de noviembre de 2017



Siete de la mañana. Veo una vecina que pasa por delante de casa. Años atrás, veía a mis padres hablar con otros adultos y me sorprendía lo feos que eran. No lograba explicarme cómo soportaban su propia fealdad. Yo ya me sabía feo, pero creía que, con el paso del tiempo, mi cuerpo iría cambiando hasta convertirse en algo ―al menos― no desagradable. Relacionaba mi fealdad con mi sobrepeso y estaba seguro de que lo mucho que me costaba hacer cualquier actividad física se debía a la falta de simetría de mis rasgos, a mi poco encaje en los patrones aceptados por nuestro mundo.
Por el mediodía, miro a través de la ventana de mi habitación. Pienso en cuando tenía trece años. Mi mejor amiga se llamaba Laura. La invitaba a casa después de clase. Veíamos vídeos de sexo sádico por Internet e intentábamos no vomitar. También solíamos mojar papel de váter y lanzarlo a los coches por esta misma ventana. Nunca lo percibí como algo peligroso. Tuvimos suerte de que lo más grave que ocurriera fuera que, un día, una bola de papel impactó contra el parabrisas de un coche y este se puso a hacer eses, como si hubiera bebido.

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