(Diario de adolescencia) 31 de octubre de 2017



El sábado pasado, en la fiesta de aniversario de Abril, bebí hasta vomitar. No me he atrevido a escribir sobre ello hasta ahora. Como dice mamá, no aprendo. Si me tientan, caigo. Mamá, de hecho, siempre me decía que debía tener voluntad, pero yo lo encontraba incomprensible; encontraba incomprensible que me pusieran cosas bellas ante los ojos y no me dejasen tocarlas hasta romperlas.
Haberme desinstalado las redes sociales del móvil me llena de tranquilidad. Sin saber qué hace la gente que conozco a cada momento, sin montones de imágenes bajo el brillo de la pantalla, olvido un poco el mundo social que me rodea y me acuerdo de ese mundo inmediato que, sin estar desconectado del primero, exige una atención total. Lo que es bueno para uno puede no serlo para otro. Puede que otras personas de mi generación consigan hacer sus vidas plenamente compatibles con Internet; en mi caso, me siento demasiado ahogado cuando no solo me muestro en las redes, sino que ocupo todos mis pensamientos con la manera en que se muestran los demás en ellas. Asimismo, tengo la sensación de que las redes me han llevado a idealizar las vidas de los demás, en perjuicio —está claro— de la imagen que tengo de mi propia vida. Es absurdo creer que, por ser nativos digitales, hemos naturalizado la vida junto a Internet hasta tal punto que no notamos ni la más mínima tensión. Sea como sea, es absurdo en mi caso. Las redes sociales pueden ser algo bonito, pero yo soy débil y corrompo fácilmente lo que me podría favorecer.
Por la noche, voy a ver películas a casa de Maria. Allí, también encuentro a Paula. Les cuento que he estado teniendo sueños de persecuciones. Duermo poco y, si duermo, me canso. Necesito encerrarme un poco, volver a la lentitud. Ahora aprecio algunas de las palabras cuyo valor había puesto en duda: tranquilidad, serenidad, vacío, etc. Solo he huido de ellas por miedo a estar desaprovechando mi tiempo. He huido de ellas cobardemente. Tengo que volver a confrontarme diariamente a la muerte para encontrar el sentido a lo que hago cada día. Tengo muchos deberes. Tengo deberes y estoy cansado. Diecinueve años: hay tiempo detrás y delante de mí. Demasiado poco y demasiado. No he llegado ni al equinoccio común de una vida y ya hago recapitulaciones nostálgicas. Quizá nací siendo viejo, porque nunca me he sentido realmente cómodo con cómo se entendía la juventud a mi alrededor. Soy un viejo que se ha hecho pasar por joven. O un joven que, por haberse hecho pasar por viejo, ha desaprovechado muchas oportunidades. A las tres de la madrugada, vuelvo a casa; solo veo dos personas por la calle; el viento arrastra las hojas secas y el silencio que se oye es siniestro, cálido, humano, desértico.

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