(Diario de adolescencia) 3 de noviembre de 2017



Cuando era pequeño, había textos de gran complejidad que no entendía. Me decía a mí mismo: «Cuando sea mayor, los entenderé.» Ahora, sigo sin entender algunos de esos textos tan embrollados. La diferencia es que ya no siento ningún interés por comprenderlos.
Desde el veinte de septiembre, la situación política ha sido una marea que subía y bajaba a días. Subía más que bajaba. La calle no está desconectada de lo que ocurre; de hecho, la población civil es la más legitimada para protestar, puesto que nos habían dicho desde niños que el poder emanaba del pueblo y estamos viendo una distancia entre esta verdad y la realidad de los hechos.
La gente solo habla de esto. Es curioso que los deícticos (esto, aquello, aquí... esas partículas del discurso que remiten a la realidad de los interlocutores) han dejado de referirse a las circunstancias personales de cada hablante y han pasado al terreno político. Cuando alguien dice esto, se refiere a «el conflicto entre los gobiernos español y catalán»; las conversaciones se han vuelto monográficos; quienes nunca habían leído diarios están sorprendidos por la parcialidad con que informan; los periódicos que algunos lectores juzgan como más imparciales son los que otros lectores consideran más sucios. Y, entre tanto barullo, siempre surge alguien que pide una vuelta a la tranquilidad, a la normalidad.

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