(Diario de adolescencia) 22 de noviembre de 2017



Hay una cosa muy clara: que todas las cosas buenas tienen cerca su corrupción; tan pronto como algo bello se genera, empieza a degenerarse. La lucha del punto medio, de la medianía, del aurea mediocritas, es la lucha eterna contra el envejecimiento de las cosas que nos gustan. «Las cosas no son malas de por sí, sino que es malo el uso que las personas les damos.», se suele decir. No. El hombre no siempre tiene la culpa primordial de todo. Todo cuanto nos rodea es orgánico, aunque hay cosas más visiblemente orgánicas que otras. El hombre puede acelerar el proceso de corrupción del mundo, pero, en cualquier caso, ya está en la naturaleza de los objetos físicos funcionar hasta romperse; incluso las ideas, cuando se aplican a la realidad, tienen validez hasta que su hegemonía, sus horrores, las hacen caducar.
Mañana en casa. Estudio y como. Como demasiado. Tengo las manos frías y por eso bebo mucho café. Tres, cuatro tazas al día. Fumar también apetece más en invierno que en verano, porque da la sensación de entrar en calor; llevo meses sin fumar, no obstante, y la verdad es que con solo oler a tabaco se me remueve el estómago. No soy un buen fumador. Soy un buen bebedor de café y un bebedor peligroso de alcohol. Por suerte, ya no salgo de fiesta y no tengo ocasiones para beber vino, licores, cerveza... Este último verano, llegué a salir de fiesta tres veces por semana. La cosa se ha acabado. La última vez que salí, estando en la terraza de Razzmatazz, me pregunté a mí mismo: «¿Qué se me ha perdido en este lugar?»
El caso de Dos conceptos de libertad, de Isaiah Berlin, es un caso esperanzador: lo definiría como un texto que ha devenido emblemático aunque la idea principal que reivindica —la de la libertad negativa, la libertad que se da cuenta los demás no interfieren en lo que hago— no es una idea que, a primera vista, levantaría pasiones. Si hay algo que me resulta más deseable que triunfar yendo a contracorriente, eso es seducir al público con una propuesta moderada, discreta, razonable. Cuanto más nos afirmamos en unas convicciones, más riesgo corremos de caer en la caricatura.
En Buenas Migas, pido un café con leche. La dependienta trata de dibujar un corazón con la crema de la leche, pero se da demasiadas prisas y el corazón acaba siendo algo así como un círculo deforme, inquietante.
Me debato entre hacer algo con mi vida o dejarme llevar por la corriente, aspirar a todo o quedarme inmóvil con lo que ya tengo. Paso de lo uno a lo otro dependiendo de mi estado de ánimo, del lugar en el que estoy, de las personas con quienes me encuentro. Todo me traviesa y me cambia tan intensamente que no creo poder escribir una sola frase siendo el mismo que había escrito la frase inmediatamente anterior.
Aún en la cafetería, dos mesas más allá de la mía, se sienta un hombre que habla con rapidez. Viste un polar. Lo acompaña una mujer joven. Por lo que dice, me parece que es director de cine. ¿Será ella una actriz? Espera, ¿y por qué tiene que ser una actriz? ¿No puede ser una productora? No lo sé. Le cuenta cosas. Muchas cosas. «Yo no hago Ocho apellidos vascos.» Menciona uno de los títulos de sus pelis y lo busco en Internet. Por mala suerte, una chica se sienta entre la mesa del cineasta y la mía con una pizza en la mano y dejo de oír la conversación por el ruido que hace al comer.

2 comentarios:

  1. La libertad tiene muchos matices, es mental y a la vez material.
    Es una barrera que puedes superar mental o materialmente.

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  2. El café puede ser adictivo, y también puede esdevenir a estrés y parkinson

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