(Diario de adolescencia) 18 de noviembre de 2017



Sueño: tenía que salir de viaje a Estados Unidos con Maria y Paula pero, antes de que subamos al avión, nos damos cuenta de que mi billete es para ir a París; el avión vuelca y alguien intenta enderezarlo; Maria y Paula suben a él y me dejan en un lugar que desconozco.
Mañana de sábado. El cielo de color rosa. El sol aún no se ha elevado lo suficiente como para que lo vea, pero la luz amarillenta de las farolas ya se debilita.
Leo a Jacint Verdaguer y a Isaiah Berlin. Rascacielos literarios, filosóficos... Es más destacable lo que tienen en común que lo que los diferencia. La literatura y la filosofía se acercan desde el momento en que no todo en la literatura es ficción y la filosofía dista de estar llena de verdades.
De la lectura de Berlin, me quedo con la idea de ciudadela interior, un espacio donde dejar de desear y, por tanto, crearse la ficción de que se tiene más libertad. Cuando siento que mi vida se descontrola (porque salgo mucho de fiesta, porque solo tengo conversaciones superficiales, etc.) tiendo a preocuparme pensando en el futuro al que esas conductas me pueden llevar. Empiezo a despojar mi vida de lo que me parece amenazador y me quedo con muy poco, en ropa interior. Si hay algo que siempre me ha supuesto un verdadero reto es «dejar que las cosas fluyan». Un día, decidí ser escritor y, desde entonces, entiendo todo lo que me aparta de este trabajo como algo peligroso ―independientemente de que acrezca o no mi bienestar.

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