(Diario de adolescencia) 16 de noviembre de 2017



No podemos pasar por alto cómo define Carles Riba la poesía de Jacint Verdaguer: «En el fons de la seva inspiració no trobarem cap principi de pensament, sinó un principi d’amor: la seva poesia no ens ofereix un món de conceptes, sinó un món d’afectes.» Me pregunto si es necesario que hagamos esa dicotomía entre el pensamiento y el afecto. La filosofía, etimológicamente, es el amor al conocimiento. Si invirtiéramos los términos, ¿no podría ser el conocimiento del amor? En el caso de que la filosofía consistiera en eso, habría, en ella, más de ética, estética y política que de metafísica y epistemología. Tiendo a pensar que la filosofía se relaciona más con nuestra mirada sobre el mundo que con conceptos estáticos y separados de nosotros mismos. Quizá los conceptos estén dentro de la mirada y, por lo tanto, sea absurdo hacer esa distinción entre una concepción de la filosofía a partir de la mirada o a partir de los conceptos. Parece que los conceptos sean el fundamento último del pensamiento, aunque, quizá, al creerlo así solo estamos cediendo a lo que el sentido común nos indica —y el sentido común, a lo largo de la Historia, ha estado a favor de la racionalidad.
Festival Barcelona Pensa. A las once, Begoña Román y Basilio Llorca hablan de pensar sobre la muerte. Lo hacen en el Pati Manning, un hermoso edificio barcelonés que queda desgarrado por ese nombre feo. Voy a comer con Abril; encontramos un wok en Carrer de les Ramelleres; pido tallarines de arroz con verdura; ella pide arroz con tofu y salsa de soja; no sé por qué, pero siempre acabo escogiendo lo más insulso y decepcionante cuando como en restaurantes. Más tarde, Miguel Morey y Antonio Castillo reflexionan sobre la fealdad. Finalmente, se discute, en otra charla, sobre la posición de las mujeres en el mundo científico.
Filosofar, sí, ¿pero cómo? Noto tal diferencia entre quienes proponen un pensamiento que es conciliador con otros puntos de vista y un pensamiento cerrado en sí mismo, perfecto, que a veces me digo que una clase de filosofía es la cosa más rara que hay en el mundo: un grupo de personas que se ha reunido para describir un secreto que algunos consideran imposible de revelar ―o de revelación múltiple y contradictoria― y que otros ven fríamente sistematizable.
Saliendo del festival, Abril ve a un chico que lleva unas plataformas, un abrigo de piel y un tupé deliciosamente teñido. Sé quién es. Ella me comenta que le encanta su estilo y yo le respondo que no es trigo limpio, por lo que me han dicho. «Pero, si es lo que te han contado, no le deberías dar demasiada credibilidad, ¿no?», me pregunta. No le falta razón. Me siento mal automáticamente por haber hablado mal de alguien a quien no conozco personalmente; es fácil caer en la maldad (o, más que en la maldad, en la estupidez) cuando no se está atento a lo que uno mismo dice.

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