(Diario de adolescencia) 15 de noviembre de 2017



Mañana de estudio. Hago un examen a las dos de la tarde y, al terminarlo, voy con Rebeca M. y Marta a tomar algo a Cosmo, una cafetería que cae cerca de la universidad y que tiene esa iluminación diáfana, simpática, que tanto se lleva en los interiores de nuestros tiempos. ¿Dónde han quedado las tiendas oscuras? Apenas podemos encontrar alguna en el Raval. La penumbra hace sospechar. Del mismo modo que se quieren locales luminosos, de vidrio, sin mota alguna de polvo, también se quieren personas que desprendan transparencia. ¿Cómo ser sincero sin caer en esa pretensión de transparencia? Josep Maria Esquirol propone que la sinceridad no consiste en decirlo todo, sino en estar todo tú en aquello que dices. Pues eso.
Pedimos dos cafés y un té. Rebeca M. me comenta que le hace gracia que le llame «Rebeca M.» en este diario. Bien. Marta dice que lleva ocho años dando clase de guitarra a diversos niños. Discutimos sobre la música. La música: arte que no ha perdido ni su carácter como fenómeno social ni como revulsivo de estados de ánimo en el siglo XXI. ¿Se puede decir lo mismo de la literatura o la pintura? No sé. La música ha sobrevivido como creación humana que trasciende la comprensión humana en un mundo en que, si algo no es racionalizado, difícilmente se podrá convertir en objeto de estudio. El lenguaje musical sigue siendo aquel para el que no cabe la incomprensión, sino, en cualquier caso, la falta de atención.
No tengo ni idea de música. Se lo digo a Marta. Curiosamente, pese a no conocer la técnica musical, me atrevo a hablar de esta arte como quizá no me atrevería a hablar de otra. La música sigue siendo lo que se pone en común, lo que se comparte. Mientras que otras disciplinas artísticas han aparecido ligadas a ciertas clases sociales y podríamos decir que siguen en esa línea, la música ha unido comunidades grandes y pequeñas, de un origen u otro. La música puede cambiar el significado de la escena de una película o del libro que estamos leyendo mientras la escuchamos. Sí, en la música persiste la irracionalidad. Ahora bien: ¿tendría sentido buscarle la misma función a la literatura? No estoy seguro de ello. Parece que la literatura implique in estadio mayor de racionalización y, por lo tanto, una mayor distancia entre la obra y el espectador, o entre dos espectadores.
En el autobús de vuelta a casa, un chico se levanta para bajar a la siguiente parada. Lleva pantalones de chándal. Son anchos y recuerdan a los pantalones cagados de hace unos años, pero parece que con estos no hay peligro de acabar mostrando la ropa interior. El imperio del chándal. El chándal como prenda formal. ¿Las grandes marcas nos quieren cómodos o iguales, todos con el mismo mono? En cualquier caso, estos pantalones suelen tener muchos volúmenes y dar material a la imaginación.

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