(Diario de adolescencia) 14 de noviembre de 2017



En mi sueño, dos escenas: E. sobre una cama y Abril en clase, guardándome un sitio. Hace tiempo que no pensaba en E. Es una de esas personas opacas, tan poco siglo XXI, de quienes podría deducir pocas cosas. Ahora, estudia lejos y no tengo noticias suyas; el mismo mundo que nos llevó a conversar se interpone a través de masas de gente, de trabajos, de otros asuntos que parecen más importantes a seguir cuidando de nuestra amistad. E. es una persona opaca, decía; es, en este sentido, decimonónica. Si los edificios de cristal no tienen alma, quienes viven dentro de ellos o quienes pretenden ser rabiosamente transparentes están en proceso de perderla.
Ayer, acusaba a Adorno y Horkheimer de reduccionistas. Cada vez que pienso en ello, me convenzo menos de que el reduccionismo no sea necesario en cualquier saber o incluso en el arte. Pobres Adorno y Horkheimer. Si no podemos hablar de reduccionismo en todo, al menos hablaremos de parcialidad: los discursos que elaboramos siempre son cuadros incompletos. El arte aspira a conseguir lo sublime, o sea, algo así como una plenitud inefable; sin embargo, los artistas fracasan y lo máximo que logran es que algunos espectadores se acerquen a alguna de sus obras con esa sensación de plenitud mientras que otros espectadores permanecen indiferentes. El arte no es igual para todos, afortunadamente; por eso conviene discutir sobre los cánones establecidos más en función del poder de quienes los ordenaron que en función de la belleza de las obras que lo componen.
Ya en la universidad, entro en una clase que no es la mía y me quedo parado en el umbral, sin reconocer a la profesora. Me disculpo y salgo. Me he equivocado. En un primer momento, me limito a mirar mi reloj de pulsera. Poco después, me arden las orejas y las sienes. Me veo profundamente, extremadamente ridículo. Pienso en la impresión de persona despistada que acabo de dar y me digo que preferiría que el día de hoy ya hubiese terminado. Nada es tan grave, pero, dentro de mí, suelo notar mi lucha entre la timidez y la sensatez, entre la importancia de dar una imagen de mí mismo y la total falta de importancia de cosas tan vanas. Puesto que todos moriremos, ¿no es un poco absurdo que me tome mi propia imagen como algo intocable? No es plenamente consciente. Sé que la manera en que reacciono emocionalmente a ciertas situaciones dista de la sabiduría, pero, aunque sé usar el sentido común para valorar lo que sucede a mi alrededor, mis sentimientos se me revelan como algo ajeno a mi consciencia. ¿Será porque no estoy trabajando suficientemente mi interior? ¿O quizá lo he regado tanto que lo he matado? Ante tantas consignas, tantas posibilidades, tantas preguntas, me doy por vencido. Y todo esto solo por haberme equivocado de aula.
Estudio en la biblioteca. No me concentro completamente. Entre las pocas horas que he dormido y la vergüenza que siento por mi equivocación de antes, la vista se me va hacia el suelo. Luego, salgo de la facultad y voy al Buenas Migas. «Un café con leche. Tamaño grande. Para llevar.», pido a la camarera. Se lo he dicho con el mismo tono de voz de siempre, con la misma mirada. Ella me da el cambio con la misma mano y me lo prepara con la misma destreza. Unos autómatas nos podrían sustituir perfectamente y lo único que cambiaría es que ellos no tendrían alma. ¿Yo tengo? ¿Tengo alma?
Cuando era pequeño, iba a comprar el pan y me complacía que ya estuviese estipulada la manera en que tenía que dirigirse a la dependienta: «Una barra de quart, si us plau.», «Gràcies», etc. Todo estaba acordado, toda conversación había sido sincronizada con millones de otras conversaciones que, en ese mismo momento, estaban teniendo lugar en otras partes del mundo. Con el tiempo, he pasado a creer que los automatismos, este protocolo barato, me hace sentir más solo que nunca, miserablemente solo. En efecto, resulta que las personas que veo son autómatas y que yo lo soy para ellas. Hoy, lo más sorprendente que espero de un desconocido es que me sonría. No aspiro a más. Cuando alguien que no conozco me dirige una mirada y eleva la comisura de los labios, puede que cambie todo mi día. Puede que me pase las horas restantes de día e incluso los días siguientes pensando en esa sonrisa, en ese pequeño detalle que solo se me ha ofrecido a mí, como una revelación.
Por la tarde, en clase, seguimos hablando de Verdaguer. Sí, supo obtener el reconocimiento social. Al final de su vida, se arrepintió de la vanidad que ello conllevaba. Supongo que es muy fácil arrepentirse de algo en el lecho de muerte, cuando ya no es posible moverse para cambiarlo. Lo que desquicia es desear al éxito a la vez que se desea la humildad, la pequeñez. Y sé que estoy siendo cruel con los moribundos. Lo sé.

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