(Diario de adolescencia) 13 de noviembre de 2017



Salgo de casa. Quedan cuatro minutos para que el autobús pare en mi marquesina. Marcha atlética. Se me bajan los calcetines y el frío me acaricia los tobillos. Al girar por una esquina, casi topo con una mujer. Un pie me resbala al pisar las hojas secas de los plátanos. El autobús se retrasa dos minutos y espero mientras recupero el aliento. Una mujer que hace cola se ha puesto una bufanda de tal forma que le cubre la mitad de la cara; la gente de por aquí se ha desacostumbrado al frío y ya no sabe cuándo solo conviene ponerse un jersey de punto y cuándo es necesario sacar del armario los abrigos de esquimal.
En Barcelona, hay algo que apesta y me asalta la duda de si seré yo, pero no es así; debe ser la calle. Un hombre muy bajito. Una mujer con un carretón me embiste. Los árboles resplandecen a la luz del sol. Encrucijada de Carrer Tallers con Carrer de les Ramelleres. Entro en la universidad y encuentro los pasillos desiertos. Hago un examen sobre un texto de Theodor W. Adorno y Max Horkheimer; mientras que el reduccionismo me parece comprensible en las ciencias naturales, me asusta en las ciencias sociales.
Entre una clase y otra, voy a recoger un encargo que mis padres han hecho a unos proveedores suyos. Carrer Tallers de nuevo, Carrer Montalegre, Carrer dels Àngels. La ropa de invierno se me antoja hogareña, cómoda, infinitamente elegante. Algunos transeúntes recuerdan a maniquíes; se mueven con rigidez y esconden la cabeza entre las solapas de los abrigos. El sol se va escondiendo y, cuando me vuelvo hacia el este, su luz me deslumbra. Carrer del Carme. Vuelvo a la universidad. En Carrer Pelai, un mendigo se ha sentado en el suelo y exhibe unos animalillos que ha hecho con tapones de corcho y palillos. En la pared de una tienda, leo lo que alguien ha escrito con rotulador: «La vida és en directe», «Trabajar es un dever»; un empleado está limpiando estas pintadas, de manera que me imagino que mañana ya no estarán allí. Un joven sentado y otro estirado descansan en medio de Plaça Universitat como si estuvieran en el desierto y uno de ellos fuese el buen samaritano. En un banco, tres mujeres que no se conocen entre ellas fuman; el humo asciende como si saliese de chimeneas distintas de una misma fábrica.
En una clase, se habla de Verdaguer: «Algunos autores han reconocido a los poetas el talento de saber ubicarse en un lugar y un tiempo concretos.» Saber labrarse un nombre. Esculpir una obra imponente. Rodin es el ejemplo plástico de un hombre vigoroso que decide concebir una obra a partir de la nada, a partir de la materia más dura. ¿Cómo preferir hacer algo a no hacer nada? Todos estos hombres, estos grandes hombres, parecen haber nacido ya con la determinación de llevar a cabo algo grande. ¿Qué nos queda a quienes, sin tanta determinación ni fe en un programa estético, igualmente tenemos pretensiones? A veces, parece que los esfuerzos desmesurados no merezcan ser recompensados más que con el desinterés del espectador; otras veces, parece que sea precisamente esta necesidad de reconocimiento de los demás la que nos tenga que llevar a la ruina.
Volviendo a Mataró, en el autobús, una pareja joven se besa. En el asiento de delante de esta, hay unos niños indomables, que se pasan el viaje gritando y riendo. Cuando ven a la pareja, empiezan a jugar a besuquearse, entre oleadas aún mayores de carcajadas. ¿Qué debe pensar la pareja de ellos? Probablemente crean que son niños adorables. Hay una simpatía, una complicidad que une a desconocidos de todas las edades y orígenes, como la que une a estos niños a la pareja enamorada o la que mezclaba el humo de los cigarrillos de las mujeres en Plaça Universitat.

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