(Diario de adolescencia) 12 de noviembre de 2017



Habiéndome acostado a la una, hoy también me he despertado tarde. Sueño: me encuentro en la planta baja de un museo con Abril; hay escaleras mecánicas por todos lados; me doy cuenta de que me he dejado algo en la planta de arriba y ella sugiere que vaya a buscarlo; no me acompaña.
La pregunta que me hago estos días es escueta: ¿qué es la libertad? Anoche, comentaba a Maria y Paula que no sabía si había sido libre de escoger mi camino, puesto que, en bachillerato, no se me había presentado ninguna alternativa a estudiar una carrera. ¿Y si yo, en verdad, hubiese querido otra cosa? Mis padres seguramente me habrían permitido que me dedicase a lo que fuese con tal de que no me quedase quieto. Sin embargo, ya en los colegios se transmite a los alumnos la idea de que la continuación natural de los cursos de secundaria es la preparación para la universidad. «No nos podemos estar planteando cosas como esa, Xavier. Eso implicaría desmontarlo todo, preguntárnoslo todo.», me respondía Maria.
Cambio de sábanas. Abro las ventanas. El frío recorre el pasillo de casa, de este a oeste, como si barriese el suelo y acabase con el poco calor que quedaba en cada baldosa. La mañana pasa volando. Dos cafés. Algún rayo de sol cae discretamente sobre las paredes de mi habitación y hace de chimenea.
Anoche, volviendo a casa, hablé con Paula sobre un chico que lleva el cabello largo. Me gusta pensar en David Bowie como en el precedente más o menos inmediato de todos estos chicos que se están dejando crecer la melena últimamente. Ahora bien: si Bowie representaba un nuevo tipo de masculinidad, no todos los chicos que llevan el pelo largo lo representan asimismo. El chico en cuestión del que hablábamos sufre porque, en palabras de Paula, «le han enseñado que los hombres no lloran.» Aunque las modas de nuestro siglo son más diversas que las de otros tiempos, no por ello se corresponden con formas de pensar más diversas ni constriñen menos a la gente que en el pasado. La moda de los chicos con pelo largo es poco fiable. Aún hay mucho por hacer con tal de que los hombres se liberen de las convenciones a las que los han reducido. ¿Qué entiendo por nueva masculinidad? La transformación de los valores de la masculinidad tradicional en valores abiertos, alejados de los dualismos. Si el feminismo no fuese también una cuestión de hombres, Paula y yo no habríamos estado hablando de ese chico cohibido, callado, complejo y brillante.
Puede que nuestra conexión más íntima con la libertad no tenga nada que ver con desafiar la ley ni tomar decisiones temerarias, sino con cuestionar las convenciones heredadas. Así, más que preguntarnos qué es la libertad, nos podríamos preguntar cómo lograr la libertad de pensar por uno mismo. En primer lugar, debe ser fundamental la modestia: por más que luchemos por deshacernos de los presupuestos que nos vienen dados por nuestro contexto social, es sabio admitir que nunca llegaremos a apartarnos completamente de ellos. La idea de un pensador puro, de alguien que ha trazado su relación con el mundo independientemente de los demás, da miedo. Un sistema filosófico es perfectamente autónomo hasta que se lo muestra a un público y aparece la posibilidad de que se lo critique; una persona es más que autosuficiente hasta que se da cuenta de que no vive sola. Si pudiera, sería el primero en defender el individualismo; sin embargo, me parece evidente que la imagen del héroe romántico que se enfrenta a la civilización o a la naturaleza desde su solitud ha hecho demasiado daño. Está claro, por otro lado, que la soledad y el aislamiento no son lo mismo y que cabe cuidar de la propia soledad con tal de que nuestras relaciones humanas sean bellas y no asfixiantes.
¿No diríamos que hay una relación fortísima entre la libertad y el valor? Se habla mucho del libre albedrío, de la capacidad de elección. Se habla tanto de ello que parecería que nuestras vidas solo están conformadas por momentos en que nos encontramos entre la espada y la pared. No. La relación entre la libertad y las escalas de valores, en cambio, se nos hace presente constantemente; somos libres porque decidimos a qué concedemos más y a qué concedemos menos valor, y no porque siempre estemos escogiendo y descartando. Puede que a veces tomemos decisiones irrevocables, sí, pero, en general, nuestra vida no es tanto un juego de selecciones y supresiones como un extenso campo lleno de plantas diferentes de entre las que nos inclinamos por observar dos o tres.
Después del almuerzo, las horas se suceden en silencio. Luego, anochece; alguien enciende una tele; se oye una conversación lejana; la calma del fin de semana se desvanece como el sueño interrumpido por una música ascendente.

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