(Diario de adolescencia) 11 de noviembre de 2017



Aprovechando que es sábado, me despierto tarde. El sueño de esta pasada noche ha sido torpemente asombroso: él nunca había estado con un chico y se manejaba como un organista al que obligasen a tocar una trompeta. Me levanto, desayuno y vuelvo a la pregunta de ayer: ¿qué es la libertad? En la clase a que fui ayer por la mañana, se habló sobre este tema y quedó claro que la voluntad no implica la libertad, puesto que puede darse el caso de que mi voluntad coincida con lo que mi libertad puede y que lo que mi libertad pueda sea algo pequeño, triste. Por ejemplo: estoy en un grupo de debate y, al tratar un determinado tema, todo el mundo se posiciona en un lado; yo querría ir al lado contrario de la opinión, pero sé que, si lo hiciera, todos se tirarían sobre mí; así pues, mi voluntad decide adherirse a todos ellos, sin que por ello sea libre, ya que, si no fuera tan cobarde como para preferir el gregarismo a la confrontación, me habría expresado de otro modo. Me podrían decir: «Es un mal ejemplo porque, aunque te posiciones con los demás, tienes la posibilidad de posicionarte en la oposición, pese a los riesgos.» Alguien tremendamente tímido y cobarde ni se plantea la posibilidad de contravenir la opinión general, en verdad. Eso sí: puede que esta vida sea demasiado corta como para que nos podamos el lujo de ser cobardes.
Así pues, la libertad no debe ser voluntad. ¿La libertad es pensamiento? Seguramente no. Que la libertad consiste en pensamiento es la ilusión que se montan quienes, estando oprimidos, aún mantienen la fe en las luces de la razón. Son unas luces muy pobres, muy poco potentes, aunque tienen la ventaja de llegar hasta el final de lo que el hombre puede concebir hoy en día. La desventaja de la razón es la abstracción: confiar demasiado en ella nos llevaría a imaginar, creer e incluso habitar mundos paralelos que no tienen nada que ver con la realidad que compartimos con los demás.
Podría definir la libertad, asimismo, por oposición a la falta de libertad. Puedo decir que alguien ha sido privado de su libertad en casos tan dispares como los siguientes: cuando han encerrado a un hombre en la cárcel o cuando un pueblo no puede pronunciarse a favor o en contra de su independencia respecto de otro pueblo porque la ley no recoge tal derecho de voto. Se trata, respectivamente, de lo que se ha venido llamando libertad natural y libertad política. He tenido la suerte de que la primera nunca me faltase; quizá es por eso que el concepto de libertad en sí me dice tan poco.
Ayer, escribí reivindicando el conocer los límites propios. Hoy, dudo más que nunca de que esos límites se puedan conocer. «Es cierto que hay que renunciar a la esperanza de alcanzar jamás un punto de vista que pudiera darnos acceso al conocimiento completo y definitivo de lo que puede constituir nuestros límites históricos.», dejó escrito Michel Foucault. Quizá la invisibilidad de las fronteras que nos impone la cultura es la causa del malestar cotidiano, del no saber qué te pasa pero saber que no estás bien. Nos creemos muy libres y, sin embargo, estamos continuamente haciendo juicios morales sobre la vida de los demás; puede que esos juicios nos revelen las obligaciones que, inconscientemente, nos imponemos a nosotros mismos. Tener obligaciones también es una fuente de satisfacción: creemos averiguar el sentido de la vida cuando cumplimos con nuestros deberes.
Hoy no iré a Barcelona porque no se me ha perdido nada allí. Me quedaré estudiando en casa. Pienso en el vagabundo que encuentro en Ronda Universitat cada día. ¿Hoy también se debe haber sentado a un lado de la acera? ¿Con este cielo gris? Pasó todo el verano bajo el sol de la misma calle y ahora tiene la piel morena, cuarteada. Las arrugas le invaden toda la cara y, sin embargo, la redondez de su rostro le hace parecer sano, amigable. Siempre lo encuentro cruzado de piernas y sujetando un vaso de plástico con una mano. Nunca me he fijado en si dentro de ese plástico hay monedas. Normalmente, al pasar delante de él, vuelvo la cabeza hacia otro lado. Los transeúntes han de esquivarlo; todos saben que está allí, pero solo en una ocasión vi a una muchacha que se paraba a hablar con él.
Las farolas del centro despiden una luz amarillenta. Cae sobre la gente que pasea y hace que cada persona parezca una botella de vino, larga y cubierta de polvo. Entro en el bar Serengeti cuando pasan cinco minutos de las ocho. Nunca he sabido ser puntual. Maria y Paula me esperan en la última mesa. Nos ponemos al día con rapidez y se nos acaban los temas de conversación; acabamos diciendo estupideces porque sería inadecuado que, después de tanto tiempo sin habernos visto, nos reencontrásemos y optásemos por un silencio sepulcral. Salimos y compramos unos trozos de pizza por el centro de Mataró. Maria viene con un jersey de cuello alto gris perla; se pregunta cómo le quedaría el cabello corto y toma su melena rizada entre las manos, como quien abraza una ola desde la orilla del mar. La acompañamos a casa andando porque es la que vive más lejos. Nos invita a subir a su piso para tomar un vaso de agua. Acabamos recordando nuestra infancia en su cocina. A las doce y pico, Paula y yo deshacemos el camino hasta nuestras casas. En parte, la condición humana consiste en que estamos solos. Aspiramos a que la compañía de los demás nos lo haga olvidar momentáneamente y, sin embargo, las amistades se vuelven más bellas que nunca cuando se definen como el encuentro cálido de dos o tres soledades.

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