(Diario de adolescencia) 10 de noviembre de 2017



¿Qué soy? Soy una de esas esculturas desgastadas que hay por Florencia. Me despierto resfriado y con la piel de la nariz seca. Salgo a la calle y no estornudo. Es sorprendente.
Ayer escribía sobre la excelencia. Veo una gran distancia entre dirigirse a la excelencia o dirigirse a la gloria. Puede que quien aspire a la excelencia no se fije en cómo otros hombres la consiguieron o que solo se fije con tal de inspirarse en su camino. Alguien que aspira a la gloria quiere, en verdad, lo que ha visto que es la gloria en la vida de otras personas; lo que quiere, en definitiva, es esa imagen de perfección que se ve desde el exterior de un individuo. Desde dentro, me parece que la gloria no debe ser ningún consuelo. Quien sueñe con la gloria las tiene todas para acabar decepcionado; no obstante, este tipo de fantasías son más frecuentes que la voluntad de hacer algo bien. Puede que la búsqueda de la excelencia se relacione con la esperanza —con eso bueno, desconocido, que nos espera— mientras que la búsqueda de la gloria cae en el espacio de las ilusiones. Con esperanza, se camina más firmemente hacia el futuro y se tienen más razones para ser paciente. El malestar del día a día, en muchas ocasiones, es fruto de la falta de paciencia, puesto que vemos que lo que deseamos aún no está aquí y que nada nos asegura su llegada.
Por la tarde, noto que la temperatura baja. Quizá solo sea que ha anochecido pronto y que el cielo oscuro me da la sensación de frío. Voy a una copistería a imprimir unos documentos. Mientras espero, me vuelvo a hacer la pregunta de ayer: ¿qué es la libertad para mí? Decido repetírmela durante los próximos días, como la estrofa de una canción. Tal vez, así, saque algo en claro. Lo que me parece evidente es que la idea de libertad no puede hacerme temblar si nunca he sentido ningún interés por conocer mis límites. Es eso de que quien no se mueve no nota las cadenas. Soy un chico dócil. Creo que, a cierta edad, por timidez o pereza, decidí empezar a conformarme con tal de no disgustar. El colmo es que, por más buena que fuese mi intención, igualmente disgusté a algunos y aburrí a otros. Si hubiera sentido la más mínima inclinación por cuestionar lo que había a mi alrededor, quizá ahora no fuese tan parado, tan embobado. Quizá hubiese conseguido algo. En definitiva, todo son elucubraciones; lo que pudo ser y no fue. No me parece que conocer los límites que uno mismo tiene sea malo. Si soñase con volar y creyese que no soy libre porque no puedo hacerlo, no estaría oprimido: solo estaría haciendo el tonto. Conocer mis propios límites sería lo mismo que negar esa bobada que se nos vende a todos cuando somos pequeños —quiero decir: que podemos lograr todo lo que nos propongamos. Estoy muy cómodo dentro de mis límites. He salido de mi zona de confort cuando lo he creído conveniente y me he mantenido en ella cuando he querido descansar. Quizá esta sea la descripción de una vida muy monótona e insulsa o quizá sea la descripción de una vida feliz.
Un hermoso texto sobre la libertad es el Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico della Mirandola. En él, se dice: «Al hombre, desde su nacimiento, el Padre le confirió gérmenes de toda especie y gérmenes de toda vida y, según como cada hombre los haya cultivado, madurarán en él y le darán sus frutos.» En algún lugar he leído que Pico della Mirandola era un enfant terrible renacentista y en algún otro lugar me han dicho que en el Renacimiento nace una confianza en el hombre que culminará con la Ilustración. Si bien suelo aborrecer a quienes llaman «enfants terribles», tengo que admitir que lo hago por pura envidia, por incapacidad de tener las dos cualidades que mezclan los chicos de este tipo: inteligencia y un ingenio pícaro. En otra vida querría ser un enfant terrible. En esta me he tenido que limitar a ser un enfant vieux.
Desvistiéndome antes de entrar en la ducha, me parece más fácil que nunca recordar mis once o doce años. Un cuerpo desnudo siempre es un cuerpo desnudo. Nos miramos en el espejo y, por más que ahora seamos mayores, seguimos reconociendo en nuestros rasgos cierta composición que ha permanecido, cierta gracia. ¿Cuándo empecé a leer? A los diez u once años, ¿no? De algunas de mis primeras lecturas casi no entendía nada. Me empeñaba en comprar y acumular libros de poetas simbolistas. La comprensión de sus poemas era imposible; me angustiaba pensar que crecería y seguiría sin captar el significado de esas páginas. En cualquier caso, la principal razón por la que no comprendía nada era porque no me concentraba. Me repetía a mí mismo: «Tengo que retener el conocimiento que hay en estos libros, tengo que hacerlo...» Y, así, me despistaba. Creía que el conocimiento era algo así como una propiedad con la que podía hacer lo que quisiera una vez hubiera pasado al terreno de mi consciencia.
En verdad, el conocimiento es una abeja. Es una abeja que un niño, en el bosque, intenta cazar. Él no sabe que las abejas rabiosas son peligrosas porque nadie se lo ha dicho todavía. Abre las palmas de las manos con tal de encerrar la abeja entre ellas y esta alza el vuelo hasta una altura a la que el chico no puede llegar. La ve alejarse y, en dos o tres minutos, la habrá olvidado. El conocimiento también es una abeja porque transporta. Sí, traslada las ideas a través de la forma, el contenedor que nosotros les hemos dado. El niño no sabe que quizá no vuelva a ver esa abeja. Si lo supiera, puede que llorara. Lo que en un momento conocíamos con profundidad y que en otro momento ya hemos olvidado es el primer indicio de nuestro envejecimiento.
Puede que sea demasiado joven para escribir palabras como envejecimiento. Si a alguien le sirve de consuelo, que sepa que ya lo hacía hace mucho tiempo. Siempre he tenido tantas ganas de crecer que he pasado mi infancia y adolescencia sin cumplir con lo que se esperaría ni de un niño ni un adolescente. Puesto que he empezado mi vida siendo un viejo, estoy impaciente por acabarla siendo como un crío.

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