(Texto suelto) Notas tomadas entre agosto y octubre de 2017



1
En una entrevista que concede a Vogue, Anohni comenta que, si solo pensamos en la identidad, el mundo se nos pasará de largo. Me pregunto qué incidencia podemos tener sobre el mundo. Más allá del activismo, creo que todo aquel que cumple con sus deberes y obligaciones y trabaja vocacional y satisfactoriamente está haciendo un bien. Quizá el mundo pasa de largo para quienes pretenden cambiarlo de arriba abajo.
2
Sigo leyendo a Montaigne. En el primer libro de Los ensayos, anota: «Yo me guardaré, si puedo, de que mi muerte diga nada que primero no haya dicho mi vida, y abiertamente.» Habla de vivir sin secretos, según lo interpreto yo. Hoy en día, se critica la transparencia porque se la cree síntoma de una sociedad aséptica, desalmada, fría… Warhol ya decía que todo lo que él era, todo lo que se podía saber de él, consistía en lo que se veía. Valéry, antes, había dicho que aquello que hay de más profundo en el hombre era la piel; Merleau-Ponty consideraba que él era su cuerpo. Ante el inconsciente, ante el misterio de la vida, ante las estructuras ocultas del poder, ante lo no manifiesto… Ante tantas cosas escondidas, me gusta pensar que hay algo que se puede conocer. Los mensajes de Montaigne, Warhol, Valéry o Merleau-Ponty son realmente esperanzadores.
3
Montaigne también escribe: «El alma que no tiene un objetivo establecido se pierde.» Tal vez lo importante es el hecho de que nos marquemos un objetivo, y no tanto qué objetivo sea. Un hombre no es maravilloso por sus actos, sino por la particularidad de estos, por aquello de inconfundible y característico que hay en su trabajo y que no podría ser repetido. Lo que me asusta de un mundo plenamente industrial es que la gente que lo habitamos olvidemos que estamos rodeados de objetos únicos y que nosotros mismos lo somos; la producción en serie no debería definir nuestro modo de ver el mundo, seguramente.
4
En The Bling Ring, Emma Watson interpreta a una joven que se ha aprendido de carrerilla el discurso místico que su madre ha tratado de inculcarle. Me fijo en que muchas cosas que ella dice las podría haber dicho yo mismo. ¿Qué diferencia hay entre las palabras del personaje de Watson y las mías? Superficialmente, ninguna. Profundamente, no lo sé.
5
Amaba tanto a mi canguro que las palabras no servirían para decir cuánto. Era una señora que siempre se había dedicado a cuidar niños. Justo antes de empezar a hacerse cargo de mí, se había quedado embarazada y había dedicado unos meses a estar con su hijo. No sonreía demasiado, pero respondía a mis carantoñas; eso era más que suficiente.
Algunas de las cosas que hacía no le gustaban a mamá. Por ejemplo, que fumase. Que fumase delante de mí. Siempre fumaba delante de mí, mientras desayunábamos o estábamos en el parque. Ella no me pedía que no le dijese nada a mamá porque ya sabía que no le diría nada: estaba tan acostumbrado al humo que la rodeaba que no creía que fuese algo importante. A veces, le tapaba la boca cuando quería espirar y le salía por la nariz muy sinuosamente. Esperaba que, algún día, se le fuese por otro conducto y le saliese por las orejas.
Cuando ella y mamá discutían, no las escuchaba. Solía estar a su alrededor, pero nunca prestaba atención a sus conversaciones. Solo me interesaba cuando hablaban de mí. Mi canguro creía que, cuando no me apetecía dormir, no tenía por qué hacerlo; mamá, en cambio, era una acérrima defensora de la siesta y opinaba que los niños tenían que irse a la cama aunque después no durmiesen. Me daba igual acostarme o no acostarme: cuando no podía conciliar el sueño, cogía uno de mis muñecos ―un pato― y me aplicaba a fondo en arrancarle los ojos de botones con los dientes. Podía pasarme horas mordiendo ese juguete; si, finalmente, conseguía sacarle los ojos o descuajarle alguna parte, se lo llevaba a mamá y ella me lo volvía a coser.
6
Siempre habrá quien brille más, quien lleve esa misma prenda mejor que yo. Aunque lo sé, a ratos lo olvido. Luego, vuelvo a ver esos chicos que son casi como estrellas, bajo las luces de una discoteca o en pleno centro de Barcelona de día, y recuerdo mi condición. También la recuerdo cuando me reflejo en el cristal de un coche, en el espejo de una tienda, en cualquier sitio, y me doy cuenta de lo pequeño que soy, de la desproporción de mis rasgos, de todo. Hace unos meses, salí de fiesta por Apolo con Abril y los dos nos vestimos de negro; dentro de la discoteca, me fijé en otra pareja (chica y chico asimismo) que vestían completamente de negro; mi mirada recayó sobre él, pero en seguida fue a parar a otro punto, ya que me di cuenta de que había una diferencia abismal entre cómo se ajustaba la ropa oscura a su cuerpo y cómo se ajustaba al mío. Aún recuerdo a esa pareja, sumida en la oscuridad de un rincón de Apolo, como no queriéndose hacer notar; fue una visión preciosa.
7
Hay que dejar que sean los demás quienes se interesen por nosotros. De lo contrario, solo encontraremos irritación en nuestras relaciones sociales. Ya lo decía Warhol: «En el momento en que decidí que prefería estar solo y no contarle a nadie mis problemas, todos los que antes ni siquiera había visto empezaron a perseguirme para contarme cosas de las que acababa de decidir que mejor sería no saber nada.» Un poco más adelante, resume: «Tan pronto como dejas de querer algo, lo consigues.» Tristemente cierto. No hay motivo por el que preocuparse: si no eres tú quien se interesa por alguien determinado, quizá sea ese mismo alguien quien, en el momento más inesperado, se te acerque; la vida da muchas vueltas, la vida es muy larga, la batería de personas a quienes podemos llamar la atención es reducida, pero el hecho de vivir en el mismo mundo que aquellos en quienes nos fijamos ya nos asegura la posibilidad de que, algún día, reparen en nosotros.
8
Un ejemplo sustraído de la historia de la filosofía que apoye la idea de la superioridad de lo mental sobre lo corporal podría ser el de las sectas orficopitagóricas, que, en tiempos remotos, ya consideraban que el bien divino se albergaba en la mente mientras que el mal se hallaba en el cuerpo; yendo más allá, los miembros de estas sectas consideraban que se debía buscar la pureza del alma humana y que uno de los modos de conseguirlo consistía en renegar de los bienes materiales.
El dualismo entre la mente y el cuerpo es fácilmente cuestionable desde el momento en que se entiende que la actividad mental, en parte, consiste en la reverberación de los estímulos que recibimos sobre el cuerpo. No hay una desconexión entre la dimensión mental y la corpórea, puesto que su relación es necesaria para que exista el ser humano y se encuentran en interacción constante; más dudoso todavía sería afirmar que se establece una jerarquía entre ambas, basándonos también en el argumento de que la existencia de una es imprescindible para la existencia de la otra.
Podríamos entender la sumisión del cuerpo a la mente como un recurso propio de ciertas jerarquías de poder para legitimarse a ellas mismas: si alguien que proviene de una clase social acomodada ha podido acceder al conocimiento intelectual y alguien perteneciente a las clases subalternas no ha podido gozar de este privilegio, el primero entenderá su atributos como aquello que justifica su posición positiva; esto hará que tanto el uno como el otro ignoren que el desarrollo mental que ha podido llevar a cabo el primero no es la causa de su lugar privilegiado en la sociedad, sino consecuencia del azar y poder que le ha llevado a nacer en una familia que se pudiese permitir sus estudios.
9
Estudio diez poemas de Ausiàs March para un examen. No me cabe duda de que «Lleixant a part l’estil dels trobadors» es el más delicado y hermoso de todos ellos. Lejos de usar un vocabulario especializado o recrearse en el dolor, en él, March exhibe la que considero su mejor faceta: la de cortesano, la de hombre de sociedad. Cada estrofa es una pieza de encaje que se enlaza con la siguiente a través de imágenes frívolas, como la de una castidad equívoca o la de la pasta con que la dama a quien se dirige el poema está hecha. Me imagino a March como un divo. Quizá habría impresionado más en una corte del siglo XVIII que en una del XV.
10
Resulta peligroso distinguir la apariencia de las cosas de la realidad de las cosas. Miles de veces hemos oído lo siguiente: «Yo voy más allá de lo aparente: busco lo real.» En verdad, no hay una desconexión total entre lo aparente y lo real. Accedemos a la realidad a través de su apariencia, a través de unas formas. Cuerpo y alma, forma e idea son todo uno. Los filósofos, por ejemplo, aprehenden o transmiten ideas a través de metáforas, de figuras retóricas.
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Si temes cómo los demás reaccionarán a lo que hagas, pregúntate cómo te trataron tus padres. Es el consejo que me doy a mí mismo. Quizá no sirva a todo el mundo, pero supongo que sería útil a quienes ya sospechan la gran incidencia de sus padres en el carácter que han acabado teniendo.

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