(Microcuento) Perfectamente cosido



Si unos meses atrás me hubieran dicho que participaría en un taller literario de Ateneu Barcelonès, no me lo habría creído. Aunque nunca había entrado en ese lugar, lo tenía idealizado. Sin embargo, así era: había ganado un sorteo para aficionados a la literatura y mi premio consistía en poder cursar un seminario para jóvenes escritores. Mientras subía las escaleras del edificio, seguía sin estar convencido de que fuera posible mi presencia allí; ya había ido a dos sesiones del seminario, que tenía lugar los miércoles de cada semana, pero el encanto de Ateneu aún me hacía dudar.
¿De dónde venía dicho encanto? De las salas vacías, de la biblioteca silenciosa, de un ascensor novecentista sin nadie en su interior. Cuando aparecían personas a mi vista, el olor a cosas rancias, falta de ventilación y jerséis de angora era tan fuerte que no lo podía soportar. ¿Eran mayores algunos de los libros que se guardaban en las vitrinas o los señores que pasaban a mi lado?
El seminario al que iba era el único que reunía a gente de mi edad ―es decir, gente de entre quince y diecisiete años, gente esperanzada y chillona, gente tierna, gente sonriente. Las sesiones eran dirigidas por Mar, quien nos proponía que cada semana trajésemos un texto de nuestra cosecha para leer y comentar entre todos. Había quedado especialmente satisfecho con el texto que ese día llevaba bajo el brazo.
Cuando llegué a la puerta del aula, me la encontré cerrada. Todos los alumnos y Mar ya debían de estar dentro. Oía sus voces a través de las paredes; en el resto de aulas, también se impartían cursos y seminarios, pero las voces de sus participantes eran tan graves y estaban tan cascadas que contrastaban con las de aquellos jóvenes. Todos ignorábamos que dentro de unos años pasaríamos a formar parte del club de los que se mueven con lentitud y hablan con dificultad; no teníamos nada en contra de la vejez, pero nuestra edad nos absorbía tanto que no podíamos volver la mirada hacia los demás.
Abrí la puerta y, todavía en el umbral, saludé a la profesora. Mar estaba leyendo el texto de otro alumno y, entre una frase y otra, me pidió que me sentara en la silla que quedaba libre. Éramos unos quince chavales. Esperé a que Mar acabase de leer sin prestar atención a sus palabras. Solo podía pensar en mi propio escrito: ¡me gustaba tanto! Recordaba el momento en que se me había ocurrido: tenía la mente en blanco, había mirado hacia una de las paredes de mi habitación y, observando un collage hecho cuando era un niño, las ideas me habían venido rodadas.
¿De qué trataba mi relato? De un niño que paseaba por Barcelona. Caminando, se encontraba con un monstruo hecho con recortes de sus ídolos: los ojos de David Bowie, las gafas de Francisco Umbral, las manos de Alaska… Se quedaba tan sorprendido que decidía perseguirlo. El monstruo le conducía hasta una biblioteca y, allí, desaparecía, dejando al mocoso con la duda de si lo que había visto, ese cuerpo malformado y espléndido, era real o no. ¡Fantástico, he dicho!
Como que había llegado tarde, tuve que esperar hasta el final de la sesión para poder leerlo. Tenía miedo de que se hiciera de noche y todavía no hubiéramos hablado sobre mi obra; en el segundo en que había terminado de escribirla, solo había querido encontrar a alguien que me quisiera dar su opinión sobre ella. A veces, cuando algo que creaba me gustaba, a los demás les parecía mediocre o presuntuoso; necesitaba a alguien que reconociera mi genio.
Por suerte, hubo tiempo de sobra. Repartí las fotocopias del cuento entre mis compañeros y lo leí en voz alta. A cada punto y aparte, miraba descaradamente a mi alrededor, como si las caras de los demás fueran a revelarme lo que estaban sintiendo al imaginar esa narración. Mar subrayaba frases, hacía anotaciones, me observaba; independientemente de su papel de profesora, era la persona que más me intimidaba de todo el grupo. Cuando terminamos, dejó que el resto de alumnos me diesen su opinión. Cuando me hubieron alabado durante suficiente tiempo, me comentó: «Mientras lo leía, se me ha ocurrido interpretar tu relato así: el niño podría ser perfectamente un escritor en potencia, o sea, un niño lector que, con el tiempo, descubrirá que la escritura es un buen complemento para la lectura; el monstruo, por otra parte, es una metáfora de la obra literaria del niño. El niño persigue al monstruo porque quiere escribir, quiere tener lista su obra literaria, pero esta se le escapa en la inmensidad de una biblioteca, en la inmensidad de la tradición ya existente.»
Me quedé mudo. ¿Qué estaba diciendo? La entendía, pero su punto de vista no encajaba con la reacción que había esperado. No sabía si habría preferido que dijese que el texto no le gustaba o que dijese aquello, o sea, que dijese que había interpretado el escrito de una manera completamente distinta a como lo había concebido. Me apresuré a contestarle, intentando mantener un tono de voz firme: «Ah, ya, sí, sí, ya había pensado en esa lectura mientras escribía el relato.»
Esperó unos segundos. No parecía sorprendida por mi respuesta. De hecho, en la serenidad de sus ojos veía que la había previsto. Dijo una última cosa antes de cerrar la sesión y desearnos una buena semana: «Con frecuencia, lo que escribimos significa más de lo habíamos esperado que significase.»
PATTI SMITH, POR ROBERT MAPPLETHORPE

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