(Diario de adolescencia) Primero de octubre de 2017. La lluvia, la espera, los vídeos, las sonrisas



Me despierto a las seis de la mañana y, con la misma rapidez con que el día de Reyes pienso en los regalos, se me pasa por la cabeza que hoy es el día en que los catalanes hemos sido convocados para ir a votar a un referéndum ilegal. Subo la persiana y veo que llueve. Aún es de noche y la farola de delante de casa irradia esa luz amarillenta, anaranjada a veces, que tanto me gusta.
A las nueve, con Paula, me dirijo al colegio electoral que nos había sido asignado. En Mataró, el movimiento es mínimo; se ven algunas personas muy decididas por la calle. En la puerta del colegio, unos hombres sin ningún distintivo nos avisan de que tendremos que ir a votar a otro lugar. Así pues, nos echamos a andar de nuevo. Cuando llegamos a la entrada de Escola Pia Santa Anna, en El Torrent, la cola que encontramos ya es destacable. Nos ponemos al final. Se echa a llover. «El tiempo no acompaña, ¿eh?» «Rajoy ha mandado estos nubarrones.», se comenta a nuestro alrededor. El tráfico debe de estar siendo regulado, porque solo pasan algunos autobuses; uno que se dirige a Barcelona se pone a pitar mientras la gente corea: «Votarem!»; el conductor ríe.
Pasan las horas. No podremos votar. El sistema informático ha caído. Damos una vuelta por la ciudad y vemos que la cola de otro colegio electoral serpentea y se alarga como un cinturón de cuero oscuro; nadie viste estridentemente.
Cada uno se va a su casa. Después de comer, Paula me llama llorando. Ha visto, en las redes, vídeos de cómo algunos policías nacionales aporrean a ciudadanos que había decidido ejercer su derecho a votar. Nos volvemos a encontrar y regresamos al colegio electoral. En el exterior, en una de las puntas de la calle, un montón de gente se agolpa para impedir el paso a la policía en caso de que se persone. Conseguimos entregar nuestras papeletas. Pese a la validez nula que pueda tener esta acción, está llena de esperanza. Si tanta gente ha hecho lo posible para que el gesto de una papeleta cayendo dentro de una urna se repitiese miles de veces el día de hoy, ¿qué no podrá la voluntad del pueblo, compuesto por unidades tan extrañas y físicamente alejadas como lo somos tú y yo?

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