(Diario de adolescencia) 6 de octubre de 2017



¿Cómo han sido estos dos últimos días? De nuevo, se ha tratado de aparentar la normalidad más aséptica, inmaculada. Sin embargo, solo ha sido eso: apariencia; cuando se le preguntaba a alguien en qué estaba pensando, inevitablemente respondía que pensaba en política, en los últimos acontecimientos.
Hoy, solo voy a Barcelona para hacer dos horas de clase. Salgo a las siete y cincuenta de una parada de Mataró y, como que no encuentro otro sitio, me siento al final del autobús; las últimas sillas están más elevadas que el resto y veo todas las cabezas de los pasajeros desde aquí; un cabello rapado y rosa púrpura despunta.
Ah, la clase es maravillosa. La profesora que la da muestra tal respeto por los alumnos que les incita a participar sin tener que animarles verbalmente; sus gestos son suficientes para que cada uno se sienta libre de expresar su opinión y argumentarla como crea conveniente. En la primera mitad de la clase, por primera vez desde que empezó el curso, hablo en voz alta. Segundos antes de hacerlo, noto un gran calor dentro de mí: son los nervios. ¿Qué hace que, desde que soy un niño, me ponga nervioso al intervenir en público? ¿Qué me ha hecho tímido? ¿Quizá la discreción de mis padres? ¿Mi falta de confianza en la bondad de quienes me rodean? ¿Me creo amenazado cuando estoy en sociedad? Hace un año o dos, creía haber domado esos nervios porque me forzaba a hablar en público siempre que tenía la oportunidad de hacerlo. Sin embargo, ahora he dejado de alzar la voz cuando, realmente, no tengo nada que decir; es absurdo que quiera suprimir de raíz mi propia timidez cuando lo más sensato sería aceptarla y buscar sus causas con tal de conocerme con una mayor profundidad. ¿Puedo conocerme con una mayor profundidad? Sí, aunque nunca podré conocerme en mi totalidad; la única oportunidad de conocerme totalmente aparecería con mi muerte, cuando ya sería demasiado tarde para reflexionar sobre nada.
En la segunda mitad, vuelvo a intervenir. Me pongo nervioso nuevamente, aunque menos. Es curioso cómo estoy experimentando en esta ocasión mi timidez: las manos me han empezado a temblar (esto, de hecho, es bastante habitual en mí) y las he tenido que esconder debajo del pupitre; he sentido tal rigidez en el cuello que no he podido girarme hacia la profesora que respondía a mis palabras con naturalidad; no sé hacia dónde dirigir la mirada. Siento mi fuerte tendencia a ser callado, introvertido, inseguro. A veces, trato de domarme; lo hago con mucha ingenuidad, puesto que los aspectos de mí mismo que reprimo no desaparecen del mundo, sino que pasan a zonas ocultas y, por lo tanto, incontrolables.
Después de la clase, camino por Ciutat Vella. Plaça Vicenç Martorell (Una chica, rodeada por sus amigos, comenta: «¡Una parte del vídeo es mentira! Es verdad que le petaron los dedos, pero hay una parte que es mentira.», y deduzco que se refiere a uno de los vídeos de las agresiones policiales del pasado domingo.), Carrer d’Elisabets, Rambles, Carrer Portaferrissa, Plaça Nova, Carrer del Bisbe (La vagabunda vestida de negro, bajita y morenísima que el año pasado ya vi pidiendo limosna aquí sigue custodiando la calle, aunque se ha tenido que poner en otro trecho porque aquel en que normalmente estaba ha sido ocupado por otro mendigo. Veo unas monjas y me doy cuenta de que nunca me he cruzado una mirada con una religiosa.), Plaça Sant Jaume (Pese al paso de las tragedias políticas, este lugar sigue inconmovible.), Carrer del Call. Entro en la tienda de unos proveedores de mis padres y recojo unas cintas. Me dan recuerdos.

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