(Diario de adolescencia) 3 de octubre de 2017. Expectativas funestas



A las diez y cuarto, un grupo de cinco jóvenes salimos de la estación de Mataró. El tren, a medida que recorre la parte sur del Maresme, se va llenando. La previsión para el día de hoy es desagradable: algunos dan por seguras las cargas policiales. A las once, aún dentro del vagón, recibimos mensajes sobre lo que ya ha empezado a ocurrir en Barcelona: se ha improvisado una manifestación en Via Laietana, delante del cuartel de la Policía Nacional. Llegamos a las once y pico y, aunque la concentración de Plaça Universitat ha sido convocada para las doce, el lugar ya está lleno de gente. No hay tráfico. Las banderas han sustituido los coches: se mueven como esos, inexpresivas y produciendo ruido —en este caso, ruido simbólico. Se aplaude, se grita, se agitan llaves, se sonríe y se bromea. «Sense els avis no hi ha revolució!», «Sense les dones no hi ha revolució!», «¡Los catalanes hacen cosas!», etc. Todo se hace bajo la atenta mirada de las lonas gigantes de Uniqlo, que cuelgan de unos andamios en Plaça Universitat con Carrer Pelai. A la una, algunos se sientan en medio de la marea humana y sacan tápers con macarrones de sus mochilas. El aire festivo recorre todo el Eixample.
Por la tarde, dos horas antes de que empiece la manifestación principal, un grupo numeroso de chicos camina por Diagonal en dirección a Jardinets de Gràcia. Cuando llegan a este sitio, se sientan sobre el césped y empiezan a cantar. Recuerdan a las palomas de Plaça Catalunya. Se canta incansablemente hasta las seis de la tarde. Me fijo en una chica que repetidamente intenta iniciar coros de proclamas aunque nadie le sigue.
La manifestación, a las seis, se inicia en Jardinets de Gràcia, baja por Passeig de Gràcia, gira hacia Via Laietana e inunda toda la avenida, ante los faros de furgonetas policiales. El sonido de fondo durante todo el día ha sido el de un helicóptero que sobrevuela la ciudad. Hay música, minutos de silencio y la perfecta homogeneidad de la masa, una homogeneidad plural conseguida a base de pedir a los participantes que no cedan a las incitaciones de violencia. La previsión de golpes ha sido desacertada y, hasta el momento en que he estado dentro de la manifestación —es decir, las ocho y cuarto de la tarde—, el clima ha sido profundamente cívico. Si así no se logran los objetivos colectivos, no quiero imaginarme otro modo.
De vuelta a Mataró, en el andén de la estación, un hombre grita dos veces: «¡Somos mejores que los españoles!» Espera que le sigan. Nadie le hace ni el más remoto caso. Buscar la esencia de los españoles consiste en caer en un reduccionismo que no conviene a nadie que sea crea digno de tener unos ideales políticos; entre tanta euforia, es fácil desacreditarse a uno mismo; por ello, debemos tener más cuidado que nunca de lo que decimos.

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