(Diario de adolescencia) 2 de octubre de 2017. La falsa normalidad



Estreno mi nuevo abrigo, muy ligero. Tiene un tacto suave, aterciopelado, manso. Mientras ando por la calle, lo acaricio con las manos. Espero a que llegue el autobús a las diez y veinte, con el miedo de que se retrase demasiado porque ha llovido a primera hora. El ambiente general de hoy es completamente diferente al de ayer: se oye, a lo lejos, el murmullo de alguna conversación sobre el referéndum, pero la mayoría de transeúntes se mantienen callados, de camino al trabajo.
Tardo más de lo habitual en llegar a Barcelona. Nada se ha parecido menos a una rutina, a un horario sistematizable, que estas últimas semanas. En la Facultat de Filosofia, se imparte la clase que tenía a las once; intento asistir a la que tenía a las doce, pero la profesora nos anuncia que no valdría la pena darla porque a las doce y media se suspende toda actividad académica. Al salir del edificio, me topo con Natàlia: ya la he visto tantas veces con ese cabello rosa que creería que es natural; su tono de piel blanco combina perfectamente con el color de los mechones que le caen sobre las orejas. Voy con ella a Plaça Universitat, donde se ha organizado una concentración; un helicóptero de la Policía Nacional sobrevuela el lugar con socarronería; la gente reunida lo considera insultante y alza los brazos al cielo, cuando no el dedo medio. Alguien grita a los operarios de los medios de comunicación españoles.
Más tarde, la concentración, que ha aglutinado a una cantidad de gente sorprendente y en la que ya no únicamente se ve a estudiantes, se desplaza hacia Plaça Catalunya entre silencios prolongados, manos que aplauden sin que las palmas se toquen, al aire, y gritos como: «Els carrers seran sempre nostres!» Un chico, delante de mí, se ha pintado una raya roja sobre el ojo derecho. Un chaval se sube a un contenedor y un amigo suyo, desde el suelo, le echa una foto. Llegados a Plaça Catalunya, Natàlia se va para su casa y me doy cuenta de que no se me ha perdido nada en ese sitio tan abarrotado si estoy sin compañía. Me dirijo a la Facultat de Filologia, aunque la encuentro desierta, sucia, más habitada que nunca a la vez que desolada. No, la excepcionalidad de estos días no me parece lo que la mayoría desearíamos, aunque es lo que la voluntad popular siente como su deber. Encuentro la biblioteca cerrada; las paredes tanto de los interiores como del Pati de Lletres están llenas de pegatinas y carteles; no hay nadie; el mundo se ha deshecho y la vida está en otra parte. Todo son impresiones.
Tomándome un café con leche en este lugar, recuerdo el octubre del año pasado y cuán ajena nos parecía a todos la política entonces. «Están en un círculo vicioso.», decíamos a veces. Algunos cámaras de medios de comunicación internacionales están almorzando aquí; son jóvenes y miran a su alrededor como cualquiera miraría las pertinencias de alguien que desconoce, aunque le despierta la curiosidad. Cuando he dado cuenta de mi café, abro el portátil y leo La pàtria de Aribau; tenemos planeado tratar este poema en la última sesión del día.
Vuelvo a clase, a las cinco y media. Intento escuchar, pero tal cosa es bastante difícil en el panorama actual. A las siete, empieza la última clase. El profesor decide replantear lo que quería explicarnos porque lo que tenía planeado es demasiado denso para un día como hoy. «Sea lo que sea lo que expliques, tengo la cabeza en otra parte.», susurra una compañera. «Todos tenemos la cabeza en otra parte.», responde el profesor. Deberíamos haber tratado el poema de Aribau antes de que la clase terminase, pero, entre las siete y media y las ocho, un señor abre la puerta e informa de que tenemos que desalojar la facultad por razones de seguridad. Salgo al exterior y veo que pasa una furgoneta de la policía. En la entrada de la universidad, nadie entiende por qué nos han echado. La ficción de que hoy podríamos ir a clase, de que podríamos aprender algo del temario estipulado, era eso: ficción. La educación que estos días estamos recibiendo quienes, nacidos en los noventa, nunca habíamos visto que nuestra cotidianidad se quebrantase con tal rotundidad y que nuestra obligación fuese manifestarnos es algo único y noble, pese al caos que se nos viene encima.

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