(Diario de adolescencia) 12 de octubre de 2017



Para celebrar el aniversario de bodas de mis padres, vamos a comer al mismo restaurante de su casamiento, en Cardedeu. Aunque se casaron hace más de veinticinco años, solo hace unos seis años que cumplimos con esta tradición de volver al lugar de los hechos. Sí, el lugar de los hechos. Qué raro es eso de casarse. Bueno, casarse no es raro: lo que me resulta extrañísimo es seguir al lado de la misma persona después de tanto tiempo. Si a duras penas me aguantan quienes oyen mis silencios, ¿cuánto duraría cerca de mí alguien que me tuviera que escuchar? En el restaurante, comemos bien. Ensalada de cangrejo y bacalao a la sobrasada. A la sobrasada: ¿hola? Café con leche.
Hacia las cuatro, damos una vuelta por el centro de la localidad. Los edificios modernistas. Los mosaicos. La insulsez de los esgrafiados o pinturas murales frente los mosaicos modernistas. La luz. El silencio, las voces sobrantes. Los ciudadanos en las terrazas de los cafés. Nombres de calles: Anselm Clavé, Pau Casals… Escribiendo este texto en casa, busco “Cardedeu” en Internet y me aparece la noticia de que, la pasada noche, hubo un incendio en la ciudad; precisamente tuvo lugar en una calle por la que he pasado. Sin embargo, no he notado nada extraño. La inmutabilidad de los lugares, la fragilidad humana. En las ciudades, los destrozos se recogen con rapidez y profesionalidad con tal de que el ritmo vital no decaiga; estamos expuestos a esa renovación continua, incesante; nos dicen que no hay tiempo para lamentarse; incluso cuando alguien sufre una pérdida le deseamos que se recupere pronto, como si hundirse en el dolor fuese algo prohibido.
Después del paseo, recuerdo que, hace unos años, un doce de octubre, fuimos a Cardedeu y yo era muy feliz con mi corte de pelo: un flequillo completamente recto. Me gustaba que me sacasen fotos porque, con esas pintas, con ese pelo oscuro y rollo Cleopatra, parecía alguien o algo inusual, curioso, exótico. Quizá fue en dos mil doce. Me parece que he perdido ese gusto desaforado por la extravagancia, aunque sigo sintiéndome divinamente cuando me salgo de las convenciones estéticas que me han querido asignar. El rechazo familiar hacia ese corte de pelo siempre fue rotundo.
En dos mil trece, tuve que pasar por un tratamiento antiacné. Fue doloroso y vergonzoso. Me costaba salir a la calle con la piel cuarteada; llegué al punto de llevar la cara llena de brechas; cuando alguien me hacía sonreír, se me abrían más heridas porque mi piel estaba más débil que nunca. El doce de octubre de dos mil trece, en Cardedeu, mamá me volvió a hacer fotos, aunque, cuando las miro, me parece que mi rostro es incomparable al de las fotos de dos mil doce. Algo había cambiado muy profundamente en mí entre un año y otro. Sigo siendo una persona muy cándida, pero algo que definiría como ilusión quedó tocado en ese punto.

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