(Relato) Teresa



Mis abuelos dijeron a mamá que no hacía falta que contratase a una canguro porque ellos podían encargarse de mí. Pasé mis primeros meses entre casa de los abuelos y casa de mis padres, pero, un poco más adelante, mamá exclamó: «¡Basta! He encontrado a la persona indicada. A un niño no le conviene pasar todas las horas del día con unos ancianos.» No dijo eso despectivamente, pero mi abuela hizo un gesto ofendido porque siempre saltaban chispas entre su nuera y ella.
Así pues, mis padres contrataron a Teresa cuando yo ya tenía un año. Era una mujer hermosa por muchas cosas. Sus ojos color avellana, el cabello castaño, los vestidos finos y casi transparentes. Su voz recordaba a los cascabeles que se ponen en el cuello de los niños para mantenerlos vigilados. Le confiaba todos mis pensamientos. Cuando empecé a tener secretos, también se los conté, ilusionado ante la oportunidad de esconderle ideas al resto del mundo. «¿Te puedo decir algo que nadie más sabe? Quiero un príncipe.», le solté alguna vez. Esa confesión llegó a oídos de mamá, aunque ella no me lo comentó hasta muchos años más tarde.
El rostro de Teresa era más rectangular que redondo, pero eso no impedía que desprendiera una jovialidad que no veía en nadie de mi familia. Tenía unas cejas muy delgadas, casi inexistentes, y unos labios que eran como la reproducción de sus cejas pero un poco más abajo, con una disposición diferente y color rosa. A veces se pintaba las mejillas para parecer más alegre, pero, en verdad, no lo necesitaba, porque se movía con la suficiente agilidad como para que nadie reconociese su edad. Cuando la conocí, ya debía tener unos sesenta años. Era mayor que mamá y, no obstante, esta la reprendía siempre que hacía algo mal; se me hacía extraño que una persona mayor a otra persona se dejase dirigir por la segunda, porque mi experiencia me decía que los seres pequeños siempre teníamos que escuchar a los grandes.
Cada tarde, me llevaba a un parque urbano. Estaba lejos de casa: teníamos que andar prácticamente media hora para llegar hasta él. Ella se sentaba en un banco mientras yo contemplaba la gran superficie de cemento que se extendía ante mí. Otros niños, subidos a bicicletas, se deslizaban por ese espacio con una destreza que envidiaba. Nunca había pedido ni una bicicleta ni un patinete porque lo único que me venía a la cabeza cuando pensaba en esos juguetes era el daño que me podría hacer si me caía de ellos.
En el horizonte del parque, había una frondosidad de eucaliptos y plátanos que escondían, entre sus troncos y hojas caídas, unas esculturas de personajes insignes de la ciudad. Más allá de los árboles, el sol desaparecía y abría el paso a una luna veraniega, espléndida. La veía colgar como algunos cuadros fantasiosos que mis padres habían colocado en las paredes de mi habitación. Hasta las ocho de la tarde no volvíamos a casa. En invierno, solo nos quedábamos hasta las seis; eran días insignificantes, crudos; sí, prefería la primavera y el verano a las demás estaciones; sobre todo el verano, con sus cigarras.
Teresa cuidaba de mí, pero, a veces, también ayudaba a Josep, mi hermano, con sus deberes. Odiaba que lo hiciera. Me habría gustado impedírselo, pero, cuando la veía ofrecerle su ayuda, solo conseguía poner mis manos sobre su falda y tirar fuertemente de ella. «Deja de hacer eso, Pau. ¿No ves que vas a desgarrarme la ropa?», me contestaba. Me iba a mi cuarto para no tener que presenciar esa dichosa escena: Teresa riendo junto a Josep, resolviendo los cálculos que algún profesor le habría pedido que hiciera para la siguiente clase.
Aún no me daban deberes. Era demasiado pequeño. Estaba resuelto a que, desde el día en que empezasen a mandármelos, obligaría a Teresa a que hiciese todos conmigo. Quería compartir con ella lo mismo que compartía con mi hermano. Me daba igual que normalmente me prestase más atención a mí: no quería más atención, quería la totalidad de esta. Si bien en clase ni me atrevía a hablar en voz alta porque me daba demasiado miedo que los demás se fijasen en mí, en casa quería que me respondiese, que me dijesen cosas, que mi familia reaccionase ante cada uno de mis gestos. Estaba tan acostumbrado a que los adultos mantuviesen sus conversaciones dejándome al margen que, ya muy pronto, deseé que me incluyeran en ellas. Lo dramático fue que, lejos de ser añadido a su círculo de conversadores, mis padres favorecieron a mi hermano en este sentido. Empezaron a escuchar sus opiniones, a valorarlas. Es verdad que tenía ocho años más que yo, pero, en un principio, lo había visto como alguien idéntico a mí, como alguien en la misma posición que yo. Cuando le dieron el reconocimiento que se da a las personas mayores mientras que un servidor seguía siendo tratado como un niño, concluí que mi papel en esa familia ya estaba determinado.
No había nada que pudiese hacer. ¿Qué era yo, ahora? El hermano menor, el hijo pequeño, el último en llegar a la fiesta de la vida. ¿Y quién saldría primero de dicha fiesta? No se sabía. Era injusto que los demás llevasen más tiempo en el mundo y que, sin embargo, nada me asegurase que yo no saldría de este antes que ellos. La biología nunca ha entendido de injusticias. Tuve que aguantarme. Aun así, todas estas reflexiones ―que caían en un campo bastante inconsciente de mí mismo y que solo he sacado a flote al cabo de unos años― contribuyeron a que mi miedo a la muerte creciera. Debía preservar mi vida con un mayor afán que mis familiares: el objetivo de vivir era sobrevivir a los demás; si lo conseguía, ese hecho daría sentido a toda mi existencia.
«Teresa, ¿por qué fumas?», le pregunté una vez. Estábamos en un bar y me había pedido un cruasán para desayunar. Todos los días, a esa hora, la veía sacar un cigarrillo de su bolso y encenderlo con un placer que no volvía a ver en sus ojos. Habitualmente distinguía un gran entusiasmo en su cara, pero nunca ese bienestar, esa voluptuosidad que cobraba todo su cuerpo cuando aspiraba el humo del tabaco. «Fumo porque empecé a fumar cuando era pequeña.», me respondió. En ese momento, no supe ver la absurdidad de tal argumento, aunque retuve esa frase en mi cabeza. Dicen que la infancia es un momento fundamental. No sabía hasta qué punto los acontecimientos que vivía esos días influirían en mi futuro, en mis relaciones con los objetos y sujetos que me rodeaban. Gran parte de lo que llegase después podría ser interpretado simbólicamente a partir de las experiencias de ese momento. ¿Y yo qué sabía de la importancia de la niñez, de lo mucho que me marcaban algunos hechos, visiones, comentarios…?
Me parece que se ha hablado mucho de la relevancia de la infancia y que se ha dejado de lado la vivencia de los padres. Es posible que estuviese experimentando uno de los momentos elementales de mi existencia, pero, con el tiempo, he visto que mis padres también vivían el hecho de ser padres con una radicalidad inusual. Al fin y al cabo, aunque dudemos de que lo mejor que le pueda pasar a alguien sea dar a luz, no cabe tanta duda de que lo peor que nos puede suceder es que perdamos a un hijo; la seriedad que concedemos socialmente al hecho de perder a un hijo nos demostraría que ser padre es algo definitorio; no se vuelve a ser el mismo; el niño abre los ojos al mundo y queda marcado por una serie de imágenes que le perseguirán a lo largo de su vida, pero el padre también abre los ojos ―quizá unos ojos más cansados, más acostumbrados a su movimiento intermitente― y se encuentra con un ser al que proyecta tanto su amor como un odio, un ser que reforma su consciencia.
Las bocanadas de humo de Teresa fueron una de esas imágenes que quedan grabadas en la memoria. Me di cuenta de que había algo en el mundo que me pedía a gritos que lo contemplase, que me delectase mirándolo. ¿Pero qué era? Eran esas bocanadas, era la luz matinal, era un anuncio de la tele dirigido por David Lynch, eran cosas con o sin autor, eran obras sublimes. Sí, había algo que exigía mi mirada y que, con los años, aprendería a llamar lo sublime. No abandoné la búsqueda de lo sublime, de la belleza; acabé estudiando Filosofía precisamente porque creí ver, en esa disciplina, el rastro de lo que había empezado a investigar en las bocanadas de Teresa.
Pero Teresa fue despedida antes de que mis profes empezasen a mandarme deberes. Mamá se enteró de que casi cada mañana me llevaba a comer a algún bar para, así, poderse tomar un pitillo. Habló con ella mientras yo estaba en mi cuarto; a continuación, Teresa vino a despedirse de mí y me aseguró de mis abuelos sabrían cuidarme tan bien como ella lo había hecho. Unos meses más tarde, llorando, rompí mi hucha y, tendiendo dos billetes de veinte euros a mamá, le pedí que hiciera volver a Teresa. No me hizo caso. Cuando lloraba porque el miedo a la muerte me invadía, me consolaba; al entristecerme porque quería que Teresa regresase, ni me dirigía una sola mirada.
LOS NIÑOS DE LOS BLANCHARD, DE BALTHUS

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