(Microcuento) Escena de interior



¿Cuánto tiempo llevaba intentándome sacar el carné de conducir? Definitivamente, los coches no eran lo mío. De lunes a miércoles, al mediodía, conducía durante treinta minutos con un profesor al lado. Cuando me decía que podía escoger la dirección a la que iríamos, me las ingeniaba para pasar por las calles menos concurridas del Eixample.
Un día, dejé el coche aparcado y, antes de que saliese de su interior, desde el sitio del copiloto, se dedicó a enumerarme todo lo que había hecho mal. Miraba hacia adelante, hacia la guantera, aunque no parecía fijarse en nada concreto. En cambio, yo clavaba mis ojos en él y asentía con la cabeza. Estaba rígido, serio y parecía acatar unas normas durísimas.
Me deshice del cinturón de seguridad y, al bajar del vehículo, di un portazo. Él ni se giró. Me alejé por una de estas aceras del distrito a cuyos lados hay árboles que las protegen del sol. Llevaba las manos en los bolsillos y la cabeza gacha.
Llegué a casa cuando mis padres ya habían comido. El silencio llevaba tacones y daba leves golpes sobre el parqué cada vez que la aguja del reloj avanzaba. Me quedé mirando ese reloj, que colgaba de la pared del recibidor, con hostilidad. Parecía puesto allí expresamente para que los invitados se apresuraran.
Eran las tres. Mis clases en la universidad empezaban a las cuatro. Tenía solo una hora para almorzar. ¿Por qué nunca conseguía un plazo de dos, tres horas para hacer las cosas al ritmo que me diese la gana? En fin, tampoco me podía quejar. «Algunos compañeros de la uni vienen cada día desde Girona o Vic.», me decía. La situación que viviera siempre habría podido ser peor, aunque recordarme esto era refrescar una odiosa obviedad.
Entré en la cocina. Mamá había dejado un plato de patatas y pollo asado en una encimera. Lo calenté en el microondas y, mientras esperaba, preparé la cafetera. ¿Cuántas veces la habría enroscado y desenroscado a lo largo de los últimos años? Esa cafetera tenía marcas oscuras y blancas y no funcionaba del todo bien. La miraba con tristeza porque me hacía pensar en la cantidad de veces que la había usado, la cantidad de días que había pasado en esa casa sin que mi vida se alterase en absoluto.
Puse un par de cubiertos y una servilleta sobre la mesa. Cogí un vaso de agua y, poniéndolo al revés, apoyé la pantalla de mi móvil en él. Busqué el vídeo de una filósofa. Empecé a escucharlo mientras sacaba el primer plato del microondas. Nunca me había sentido cómodo comiendo con otras personas, aunque sí que me resultaba placentera almorzar o cenar mientras veía a alguien que hablaba como si se dirigiera directamente a mí.
Oía que, en la sala de al lado, alguien trasteaba. Me senté a comer, algo inquieto, como sabiendo que, en cualquier momento, algún familiar entraría e interrumpiría ese momento, mi precioso momento de soledad. Así fue: al cabo de dos minutos, mamá abrió la puerta y se me quedó mirando. Al mismo tiempo que la vi, me alivié. Durante unos pocos segundos, me había angustiado sobremanera, como si creyera que quien iba a aparecer era alguien que quería hacerme daño.
―Podrías haber saludado cuando has llegado, ¿no crees? ―me recriminó.
La miré de reojo y no supe qué contestar, así que volví los ojos hacia la pantalla de mi móvil y seguí escuchando a la filósofa. Mamá empezó a dar vueltas a mi alrededor, sacando cazuelas del lavaplatos y guardándolas en distintos estantes. El ruido que hacía el metal al chocar contra el mármol de los muebles me desconcentraba. Detuve el vídeo y esperé silenciosamente a que se fuera. No parecía tener la intención de hacerlo. Parecía, más bien, que había entrado en la cocina por el puro placer de molestarme.
―¿Por qué tengo que ser yo quien está ordenando la cocina y no tú?
Pensé que lo mejor sería ignorarla. Quizá hubiera tenido una mañana ajetreada, quizá se hubiera despertado así de provocativa. Mamá era más temperamental que papá. Si bien no era algo que me hiciese cómodo, también es cierto que, si no hubiera sido por la gravedad que ponía en algunas de sus órdenes, nunca habría dado un palo al agua. Si había dejado de ser un niño, había sido gracias a mamá. Si me había esforzado en los estudios, había sido gracias a mamá. Gracias, mamá. Sí, gracias, mamá. Una mamá dura, imperativa. ¿Qué habría sido de mi vida ―¡yo, que era un cadete!― si no hubiera sido por mamá? No tengo respuesta para eso.
―Esa gente que sale en los vídeos que miras no te dará de comer. ―añadió un poco más tarde. En esta ocasión, sentí la tentación de contestarle, pero me mordí la lengua. Prefería no enzarzarme en una discusión. Mi clase empezaba a las cuatro y no quería llegar con la agresividad a flor de piel.
ESCENA EN INTERIOR, DE PAUL CÉZANNE

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