(Diario de adolescencia) 9 de septiembre de 2017



Como. Como con voracidad. Tengo hambre de todo y quiero llenarme. He desayunado tres veces: a las seis, a las diez y a las doce. He almorzado a las dos. Gelatina, yogur, muesli, melón, plátano, manzana, mermeladas de melocotón y de fresa, ensalada con queso y nueces, canelones, café. Mucho café. Todo eso está dentro de mí, mezclándose, apretujándose. Dudo de que vaya a dejar de comer en tales cantidades porque mi hambre no tiene fondo. Hace un día lluvioso y tengo la ventana de mi habitación abierta; me distraigo mientras leo a Simone de Beauvoir. Las gotas me distraen. Qué decididas; son guerreras que apuntan contra la calzada de mi calle. El aire que entra es fresco y me cubre la piel de calma y salud. ¿Podría encontrarme mejor? Sí, podría estar escribiendo, pero no lo hago. Desde que volví de S’Agaró, no he retomado la novela. Mal. ¿Mal? No sé si está mal. No sé si tiene sentido que me culpe de tantas cosas que no hago o que no termino si, a fin de cuentas, yo mismo decido lo que quiero vivir. En cualquier caso, dentro de unos días volveré a las clases y no sabré de dónde sacar el tiempo para escribir esa obra. Una vez, anoté en este diario: siento no haber escrito las últimas semanas, he estado demasiado ocupado amando. Ahora, podría decir: siento no escribir las novelas con las que sueño, puesto que ser joven me roba las ganas de encerrarme para crear. Quiero nutrirme. Leer, leer, leer. Ver. Amar. Amar tanto y tan bien. Pensar. ¿Y si más tarde no tengo la oportunidad de escribir? ¿Y si me la arrebatan? La muerte parece tan cerca, tan lejos, tan imprevisible, tan bromista. Escribo porque me divierte hacerlo; he tardado años en llegar a este punto. Pero una novela es algo ambicioso, algo serio. ¿Qué es la seriedad? ¿Por qué la valoramos tanto? No quiero hacer una narración perfectamente convencional. Tampoco quiero hacer algo vanguardista: las vanguardias literarias más bien me aburren. Amo el clasicismo, pero un clasicismo relativismo, un clasicismo que admite que sus limitaciones. El problema de lo barroco es que cree captar el caos de la realidad cuando solo se queda con su efecto. En fin. Tanto por decir… No conseguiría ni dividir este párrafo en media docena de párrafos cortitos y monos para hacer su lectura más límpida. Quiero dejar de escribir. Voy a ponerme una peli. Quiero ver, ver mucho. Y luego leer. Y escuchar. Y estar muy atento, pero no es el momento de crear. No ahora.

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