(Diario de adolescencia) 8 de septiembre de 2017



Invierto los últimos días de mis vacaciones en más bien poco. El día seis, prácticamente no hice nada y, por la noche, salí de fiesta con Abril; sí, la noche me permite ver cosas que me pasarían desapercibidas durante el día, pero echo en falta despertarme a las seis de la mañana, la luz del amanecer, mi disciplina. Hay una serie de proyectos que me hacen sentir que estoy superando mi existencia: proyectos literarios. La vida es infinitamente superior al arte; sin embargo, hemos designado al arte para que dé un sentido más firme a nuestra existencia: ¿podemos prescindir ahora de él? Lo único que sé es que, desde que me fui a S’Agaró, no he escrito una sola página.
Durante temporadas en que trabajaba mucho, me decía a mí mismo: «La diferencia entre hacer algo y no hacer nada es mínima.» No obstante, ahora me doy cuenta de que esta reflexión solo la podría hacer alguien que trabaje mucho, es decir, alguien que pueda permitirse tanto trabajar como relajarse ―por más que, estando acostumbrado al esfuerzo, le resulte difícil desconectar. El trayecto de la inactividad a la actividad es más largo que el que va de la inactividad a la actividad.

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