(Diario de adolescencia) 5 de septiembre de 2017. S’Agaró



Último día en S'Agaró. Llevo alojado en el apartamento que Paula tiene aquí desde el viernes. Somos ocho personas, ocho jóvenes sin ganas de molestar a los vecinos y ya algo hartos de las vacaciones a estas alturas de septiembre —diciendo esto último, hablo, al menos, por mí.
El primer día, viernes, estuvimos en la piscina y me hice sangre en el pie. Es curioso que esté tan poco acostumbrado a las heridas, como si fuesen algo que asociase a la niñez únicamente. Fuimos a comprar a un supermercado y me puse un melón por dentro de la camiseta solo para bromear. Hice muchos vídeos y los colgué en Instagram porque grabar lo que uno hace de vacaciones, como escribir, parece darle un sentido más tangible. Por la noche, nos sentamos en un banco del paseo marítimo y observamos a un grupo de cuarentones y un grupo de niñas que bailaban delante de un equipo de música. El sábado, no nos movimos de casa salvo para dar un paseo por Camí de Ronda y para salir a tomar algo por Platja d'Aro: la discoteca que encontramos era un antro y definiría la noche como fatídica. Dormimos pocos. El domingo, no hicimos más que ir al supermercado y jugar al quién soy. Bien. El lunes, desayunamos exclusivamente bollería a la una de la tarde. Luego, fuimos a la playa. ¿Qué diferencia hay entre la gaviota que vi el domingo en la orilla, mirando hacia el horizonte, asustándose cada vez que sus patas rozaban el agua, y yo mientras observo el mar, también muy cerca de donde las olas van a estallar?
Hoy, martes, nos despertamos tarde y encontramos el suelo del apartamento lleno de cáscaras de huevo y Nutella, porque anoche llegamos tarde, confundidos y bebidos e hicimos lo que no nos habríamos atrevido a hacer bajo ninguna otra circunstancia. Hacemos el vago en la piscina y, tarde, volvemos a Mataró. Después de estos días que han jugado una función de paréntesis totalmente, ¿cómo seguir con la vida? Será cuestión de días que vuelva a escribir, a leer, a la soledad y, en una semana, a la universidad. Echo de menos el orden que ir a clase da a mis días.

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