(Diario de adolescencia) 30 de septiembre de 2017. Trabajo inacabado, peluquería, a la espera del día de mañana





Desayuno pausadamente. Último día del mes. Aún no acabo de notar el otoño: sigo abriendo la ventana de mi cuarto sin miedo de pasar frío. Como que me he despertado a las seis, subo la persiana y todavía me encuentro un cielo de azules preciosos, oceánicos. A medida que pasa el rato, se vuelve de un azul envase de lejía, azul cartulina; sigue siendo bonito, pero no supera el anterior. Me paso la mañana intentando estudiar, pero cada diez minutos desisto o me despisto; habría aprovechado más el tiempo si me hubiera puesto a leer. ¡Qué extraño que es eso que llamamos tiempo! El valor que le concedemos debe ser bastante psicológico: si somos personas más bien tranquilas, notaremos su anchura; si vivimos estresados, quedaremos aplastados por su estrechez.
A las tres y media de la tarde, en la peluquería, Raquel está un poco agobiada: esta mañana ha cerrado tarde porque un cliente se ha retrasado y va de cabeza. Mientras me lava la cabeza, parece que la conversación se encamina hacia el tema del referéndum, pero, después de un largo silencio, toma una dirección diferente: hablamos de los chicos que se maquillan. «Creo que lo más profundo en el feminismo está en intentar equilibrar las ideas de masculinidad y feminidad. Fíjate que no es lo mismo que un chico se vista de modo femenino que una chica se vista de modo masculino. Lo masculino es entendido como neutro e incluso como discreto; el chico que se vista como tradicionalmente se vestían las chicas será el hazmerreír, mientras que la chica que se vista como un chico será percibida como alguien poco convencional pero temible o respetable.», le digo. «No sé qué decirte. Tengo una clienta, una mujer mayor, que se parece mucho a un hombre tanto por como viste como por sus rasgos. Siempre que viene, hay otros clientes que me comentan: “¿Esta a dónde va?», me responde. Por supuesto que tiene razón, aunque una cosa no quita la otra. La sumisión de lo femenino a lo masculino tanto afecta negativamente a los hombres como a las mujeres; está claro que las mujeres son las principales víctimas, puesto que han sido históricamente apartadas de toda capacidad de decisión, de todo poder, de todo derecho, hasta tiempos muy recientes; sin embargo, ahora que hombres y mujeres ya son iguales ante la ley, hay más razones que nunca para que los hombres nos unamos a la lucha feminista y sigamos el camino hacia una igualdad entre las ideas de masculinidad y feminidad, entre las ideas de mente y cuerpo, entre tantas dicotomías cuyas jerarquías solo nublan nuestra visión del mundo. Raquel me hace el mismo corte de siempre y le comento que, quizá, el mes que viene le pediré que me haga un flequillo como el que llevaba a los catorce años. No sé.
Luego, se pone a llover. Los momentos en que las gotas caen coinciden con los momentos en que no miro a través de ninguna ventana, de manera que, cuando sí lo hago, encuentro la ciudad mojada, aunque ninguna razón para que esté así. La lluvia no conlleva ninguna sensación de frescor; la ciudad está sumida en un verano que nos costará sacarnos de encima. Doy gracias por poderme permitir un día tan calmo como el de hoy. (¿Pero a quién doy las gracias? Esa es la gran pregunta. Podría dar las gracias a la nada, puesto que todos venimos de ellas, pero me parece un enfoque desafortunado. La nada no justifica que mi vida esté siendo de lo más estable, cómoda, feliz. Lo que justifica el estilo de vida que puedo llevar es la clase social en que he nacido, la gente con quien me he codeado, el oportuno momento histórico que me ha tocado vivir, la educación que he recibido… Si tuviera que dar gracias a algo, daría gracias a mis circunstancias. Ya que las circunstancias son una cosa muy intangible, prefiero dárselas a mis padres, que son quienes me están pagando la carrera.)

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