(Diario de adolescencia) 29 de septiembre de 2017



Son las diez y veinte de la noche y estoy cansado, adormilado, sin ganas de escribir ni de leer. De hecho, he pasado todo el día sin prestar la más mínima atención a la literatura. Estoy encerrado entre las cuatro paredes de mi habitación. Estoy condenado a vivir estudiando eso que es vocacional en mí, eso que disfruto. La previsibilidad de toda mi vida me ahoga. Parece que las cosas no pudieran salir de un modo distinto y eso es desquiciante. ¡Qué pesado es ser uno mismo! Vivir con la obligación de actuar en consecuencia con quienes somos.
Por la tarde, he ido a un centro comercial para ahogar mis penas con Maria. No ha servido de mucho. Me he comprado una chaqueta de mujer. ¿Aún hay ropa de mujer y hombre? La chaqueta no tiene ninguna etiqueta que lo indique y eso es fabuloso. Tarde derrochada. Sin embargo, ¿de qué me quejo? Nunca había gozado de tanto bienestar, de tanta tranquilidad.
Hace un mes que no escribo ni una sola página de la novela. Intenté empezarla tres veces. Doy el proyecto por muerto. La idea que tenía en mente sigue conmigo, pero ya no me parece que se pueda encarnar tan fácilmente en una historia, en unos personajes. ¿Tengo algo que decir sobre la femineidad y la masculinidad? Semanas atrás, creía que sí. Ahora, lo dudo más. En cualquier caso, ahora mismo, en lo que encuentro un mayor placer es en la escritura de este diario. Puede que todo lo que anote aquí se quede en la superficie, puede que la categoría del diario no tenga nada que ver con la de la novela… Puede que no tenga tantas cosas que decir como para escribir una novela, pero sí las suficientes como para que esta obra se esté convirtiendo en la más extensa y más placentera (quiero decir, placentera para mí, al crearla) de todo lo que he escrito.

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