(Diario de adolescencia) 28 de septiembre de 2017. Libros y una dedicatoria



Esta mañana, entro en la habitación de mi abuelo y me quedo mirando la biblioteca donde hay libros de mi padre y algunos libros que desterré de mis estanterías. Busco un título para clase. Me topo con las obras de Carlos Ruiz Zafón y recuerdo el momento en que las leí: probablemente, tenía fe en que representaban la cima de la literatura, aunque ignoraba todo el resto de la tradición literaria. De niño, leí todo lo que Ruiz Zafón había publicado; El juego del ángel, el personaje del escritor con aires de poète maudit, debieron ser mi principal motivación para ponerme a escribir, junto a la esperanza que me dio quedar finalista en un certamen literario de mi colegio.
He negado demasiado reiteradamente que mis padres tuvieran nada que ver con mi primer acercamiento a la literatura. Mi ejemplar de La sombra del viento fue un regalo de mamá; hoy, hojeándolo, encuentro una dedicatoria suya en la primera página: «5-5-10. ¡Ostras, no! Ya te decía yo que no, que no me lo comprases, que es muy gordo, que tiene muchas páginas, eres una pesada, ¡joder!
»Estas me imagino que serán tus palabras al recibir este libro, pero ya sé que va a ser el “compañero de evasión” de este verano o vacaciones escolares, que ya están próximas. De qué mejor manera que en compañía de un buen libro, que espero que sea de tu agrado y con el que espero que pierdas el miedo a ver volúmenes tan extensos y que este contribuya a hacerte aficionar al mundo de la literatura, que es tan o más apasionante que el mundo de la informática, que tan abstraído te tiene.
»Te deseo una buena entrada en tu preadolescencia. Quien más te quiere (te hará sufrir). Tu madre.» Esta dedicatoria me resulta reveladora: prácticamente me vi forzado a entrar en el mundo de la literatura, mi madre tenía una idea estática y temporalmente delimitada de qué era la «preadolescencia» (y, en consecuencia, de qué era la «adolescencia») que me inculcó, la preocupación por ser absorbido por Internet podría venir de ella y de la imagen de hijo que proyectaba en mí… En fin. He cogido todos los libros de Ruiz Zafón que he encontrado en esa biblioteca y me los he llevado de nuevo a mi cuarto. Hace unos años, me avergonzaban. Ahora, los reconozco como parte de mi origen creativo.

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