(Diario de adolescencia) 25 de septiembre de 2017. Anoche, La Casa Azul, tren equivocado



¿Qué pintaba, anoche, en Razzmatazz? No pintaba nada. He dejado de reconocer ese sitio como un lugar acogedor —al menos por ahora. Las luces rojas de sus baños, de su terraza, me hacían pensar en el infierno, el paroxismo, el estrés. Había demasiada gente: ¿cuándo hay la gente justa en una discoteca? Normalmente, cuando voy a Razzmatazz, todos estos factores ya están presentes, pero hoy se me han hecho más vivos que nunca porque estoy convencido de algo: he salido de fiesta con demasiada frecuencia; he salido de fiesta por falta de razones por las que levantarme cada mañana. Quisiera recuperar la estabilidad de hace unos años, cuando creía que mi destino era escribir y que todas las puertas se me abrirían desde un primer momento para que lo hiciese y viviese de ello. Las cosas no han resultado ser tan fáciles. Normal: tampoco lo son para las demás personas.
Vuelvo a Mataró a las seis y media de la mañana con purpurina sobre la camisa negra. Los pantalones me aprietan porque me los hicieron a medida para mi graduación. Cuando le he comentado a Abril que esta noche me ha parecido una mierda, me ha dicho que es una experiencia más; por supuesto que lo es y la acepto como tal, pero eso no quita que vaya a tener que cambiar en algún aspecto mis hábitos para no seguir tropezando con la misma piedra.
No sé qué me pasa. Invierto tiempo en los estudios; me apasionan muchas de las asignaturas que hago y me aplico para aprobar las demás. Salgo de fiesta cuando me apetece y, dependiendo de la noche, disfruto más o menos. Tengo un círculo reducido de amigos que son lo suficientemente atentos como para preguntarme cómo estoy cada dos por tres. ¿Que cómo estoy? Estoy sin avanzar ni una sola página de la novela. Estoy sintiéndome solo a pesar de que sé que es lo que tiene la condición humana: empezar y terminar la vida sin ningún acompañante. Finalmente, temo no estar viviendo cada cosa que me pasa con la suficiente intensidad; solo soy capaz de depositar mi pasión, mi aliento vital, sobre páginas como estas.
Ceno a las cinco de la tarde. Me voy a Barcelona. Gente por todas partes. Las multitudes a favor de un referéndum en Cataluña se han mezclado con las multitudes que celebran las fiestas de Barcelona o bien se han transformado en ellas. Este fin de semana ha significado un pequeño reposo; todo lo que está por llegar la semana viniente en el campo de lo político y lo social es sorprendente, irrepetible. Si bien llevamos tiempo asistiendo al fracaso de un gobierno, quizá alcancemos el punto más crítico en este mismo momento.
En el Moll de la Fusta, La Casa Azul toca algunos de sus grandes temas. Guille Milkyway ha aparecido con un casco; pasan los años y, con muy pocos elementos, logra mantener la misma estética de siempre. El equipo que le acompaña hace un trabajo discreto y efectivo. Sobre el escenario, no se nota ni una pizca de pomposidad. Todo lo que tienen de divinos está en su música. Reivindican las obras bien hechas; cada vez, quizá, esto es más inusual.
Ceno por segunda vez después del concierto, en un König del Born. Veo el Piromusical desde la lejanía precavida de Plaça Espanya: las palmeras siguen siendo la forma pirotécnica que abre más bocas; su efecto es imperecedero. Regreso a Mataró con el tren de las once. No he leído en todo el día. Habiéndome levantado a la una, las horas han pasado rápidamente. Es una suerte que no todos los días mantengan esta velocidad.
Me pongo a leer en el tren y, a los pocos minutos, me doy cuenta de que estoy yendo en dirección a Terrassa. Bajo en Montcada i Reixac y cambio de andén: hace frío y a mi alrededor solo hay bloques de pisos con las persianas bajadas. Cruzo de dedos para que venga un último tren que me lleve de vuelta a Barcelona. Por favor. Llegaré tardísimo a Mataró. «Todo son experiencias», dicen, pero la verdad es que ahora mismo preferiría estar en mi cama.

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