(Diario de adolescencia) 24 de septiembre de 2017. Días convulsos y tranquilos



Estos últimos días han sido convulsos y tranquilos. Cualquiera que lea esos dos adjetivos seguidos se extrañará. Han sido convulsos por ciertos acontecimientos políticos que han sido seguidos por acontecimientos sociales; han sido tranquilos porque, de alguna manera, entre el viernes y hoy mismo, he hecho oídos sordos a la actualidad y a la llamada a la acción que se sigue haciendo en nombre de la democracia. Se dice que estamos viviendo una situación «que pasará a los libros de Historia»; no lo encuentro algo de lo que enorgullecerse, puesto que la importancia que se da a lo que ha ocurrido esta última semana ―la detención de altos cargos, el intento de anulación del referéndum― se basa en lo que, con el tiempo, será un motivo de vergüenza por parte del Estado; nos podríamos enorgullecer, en cambio, de nuestra vida diaria y los valores con que nos enfrentamos a ella, ya que será de esta vida de donde surjan nuestros grandes proyectos y posibles avances; sin una cierta cotidianidad, sin una cierta repetición, no veo posible ser creativo.
Quizá todo lo que esté diciendo suene demasiado abstracto. Quizá todas estas palabras pierdan sentido con el paso de los años. Sé lo que me digo, aunque tengo un miedo terrible a posicionarme. Mantener una distancia tanto respecto del españolismo como del independentismo me pone en tierra de nadie; mantener esa distancia y, al mismo tiempo, intentar estar dentro del debate me convierte en un enemigo de ambos lados; sé que no estoy solo cuando confío en que puede existir una tercera alternativa, pero hay quienes se me ríen en la cara si lo propongo en público.
El jueves, día veintiuno, fui a clase de Problemes filosòfics II a las nueve de la mañana. En el porche de la facultad de Filosofía, una multitud de chicos se habían sentado formando un círculo y hablaban entre ellos. Todas las clases a partir de las once de la mañana fueron anuladas. Nuevamente en el porche, se leyó un manifiesto y todos los estudiantes concentrados nos desplazamos hacia Plaça Universitat. De allí, la mayoría fue a pie, cortando el tráfico, hasta el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, al lado de Arc de Triomf. Yo fui en metro, porque son dos o tres paradas. Se gritaba, se coreaba, se agitaban banderas y manos. La gente resistió bajo el Sol durante horas. Más tarde, volví a Mataró.
El viernes, con la incertidumbre de si podría entrar en la facultad, fui a clase de nuevo. Una vez más, a las once, las clases terminaron. En esta ocasión, por falta de alguien con quien ir a las concentraciones, volví a casa después de haber ido a comprar un libro. Sentí que mi papel estaba junto a los demás estudiantes que se estaban manifestando, pero ello no impidió que, desde ese mediodía de viernes hasta este mismo momento, domingo por la mañana, no hiciese nada más para mostrar mi apoyo a la cuestión del referéndum; tengo una fuerte tendencia a quedarme parado y he preferido pasar mi fin de semana leyendo. Más que ser vago, soy demasiado tímido como para salir solo a la calle en momentos tan significativos. En definitiva, digo que he actuado así por mi timidez, pero, si hubiera sido un perezoso, seguramente habría actuado igual, de manera que tanto da llamarme tímido como llamarme vago; la cosa está en que no he hecho lo que siento que debería haber hecho ―es decir, pasar estos últimos días en las concentraciones.
A la gente mayor que vivió el franquismo le asusta ver tantos policías por la calle; a la gente joven cuya formación se ha basado en gran parte en valores de la socialdemocracia, la Declaración Universal de los Derechos humanos, etc., le sorprenden las últimas decisiones del Gobierno. Así pues, no cabe duda de que la acción popular que se está llevando a cabo es necesaria para, al menos, recordar a los políticos de dónde emana su poder.
Se ha criticado que algunos estudiantes se encerrasen en la Universitat de Barcelona y la anulación de las clases desde el miércoles. El otro día, alguien me decía: «Si no lo hacéis los jóvenes, ¿quién lo hará?» Particularmente yo no creo que tenga nada que hacer en una manifestación (cuando estoy en una, de hecho, me siento como una de esas palomas que se pasan el día tomando el Sol en Plaça Catalunya); sin embargo, respeto profundamente a quienes han hecho todo lo posible para alterar la normalidad y alzar la voz durante esta semana.
Nos han educado para reconocer los ataques a la condición humana; cuando éramos pequeños, los profesores no nos contaron, no obstante, cómo debíamos protestar ante una agresión. Ante los eventos más recientes, está claro que muchos jóvenes universitarios han sabido cómo actuar y han dirigido el resto del estudiantado hacia la dirección correcta, es decir, la dirección de lo que resulta más ético aunque su efectividad sea cuestionable ―puesto que no tenemos nada asegurado hasta el primero de octubre; caminamos a tientas.
Hoy, domingo, escribo mientras amanece. Más allá de preguntarme cómo será este día, me pregunto por la semana que viene; todos estamos pendientes de la realidad política y social con gran intensidad. El miércoles pasado, algunos no éramos conscientes del calibre de las noticias que salían en la prensa, de las primeras protestas en la calle. A fecha de hoy, los últimos sucesos ―y los sucesos que están por llegar― parecen haber sido escritos en una novela con tal de hacernos reflexionar sobre la justicia, el poder, todo lo universal, y, al mismo tiempo, sobre la historia de las naciones, las ideas fundamentales de nuestra civilización, lo más inmediato.

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