(Diario de adolescencia) 20 de septiembre de 2017. Luz azul, mujer al teléfono, clases



Me despierto a las siete. Anoche, al acostarme, dejé mi ordenador, mi móvil y mi tableta cargando; veía la luz del alargador, la del cable del portátil, la del móvil; en la oscuridad, tantos colores me agobiaron; tuve que desconectar los aparatos porque creía imposible dormirme en la misma sala en que todo aquello estaba conectado a la electricidad. De niño, me pidieron que no metiera los dedos en los agujeros de los enchufes; me imaginaba a mí mismo recibiendo una descarga eléctrica y, por más desagradable que se me hiciera, no podía dejar de pensar en todo ese sufrimiento que sentiría. Hoy, por la mañana, veo el interior de mi casa sumido en una luz azul que creería más propia de la Francia o Inglaterra nórdicas. El cielo no está gris y, a eso de las ocho, el Sol ya escampa sus primeros rayos crema sobre el color ceniciento de primera hora.
Leo un texto de clase que trata sobre Platón y las mujeres. Se ha criticado la división que hacía entre cuerpo y alma. He visto con mis propios ojos que quienes la criticaban, por otra parte, defendían que el amor de su vida sería un amor más intelectual que carnal: ¿no se ve ninguna contradicción entre condenar lo uno y proponer lo otro? No veo posible que nos deshagamos de esa sumisión de lo material a lo intelectual si no empezamos por una educación que favorezca que los niños toquen y experimenten sensiblemente aquello que estudian. De hecho, dudo que pueda haber un aprendizaje del todo verdadero si nos limitamos a los libros de texto. No obstante, quizá debería ser menos bocazas y no hablar de cómo debería ser la educación si no tengo conocimientos de pedagogía; en cambio, podría preguntarme: ¿cómo introducir, en mi propia vida, una igualdad entre el cuerpo y el alma? He sido educado en la elevación de lo intelectual y, poco a poco, me he ido dando cuenta de que la vida no solo consistía en eso. Querría acercarme a mi propio cuerpo de un modo distinto, pero, a mis diecinueve años, tengo la sensación que ya he desperdiciado la fase más moldeable de mi propia vida. ¿Cómo me lo haré para no sentirme incómodo en mis propias carnes? Confío, en parte, en la moda para construirme a mí mismo físicamente. No quiero llegar a ser lo que ya soy, puesto que dudo que eso sea posible; quisiera llegar a ser lo que deseo ser ―con lo que los otros han hecho de mí, que diría Sartre.
Paso una hora en el gimnasio, como cada día, aunque solo uso la bici elíptica porque las demás máquinas exigirían una atención que no estoy dispuesto a prestarles. La mujer que corre en otra elíptica al lado de la mía habla por teléfono; dice: «Tienes que plantar cara a tu hijo. Dale una hostia si es necesario para sacarlo de la cama. Vale que no le guste ir al cole, pero tiene que ir. ¿Sabes qué necesita? Aprender a afrontarse con la frustración.» Sigue hablando, en voz muy alta, durante veinte minutos. Averiguo que el chaval en cuestión tiene quince años y que su madre no se explica por qué no quiere salir de la cama. La mujer de la elíptica le aconseja como si tuviera la panacea universal. Más allá de lo que le diga, su tono de voz y algunas de las palabras que usa (trata de hacer un diagnóstico rápido del chico, refiriéndose, por ejemplo, a la «agresividad pasiva» que demuestra) me hacen desconfiar.
Más tarde, voy para Barcelona. Hoy solo tengo clases de Filología Catalana. Me hacen bajar una parada antes de la parada en que me detengo cada día porque algunas calles están cortadas. Esquivo como puedo las concentraciones de gente que hay cerca de Plaça Catalunya. Llego a la uni. Solo somos seis alumnos en el aula. La profesora entra y anuncia que no impartirá la clase. Bueno. Bajo a la calle y oigo helicópteros, gente alborotada; veo banderas en la lejanía. «Yo no me siento de ninguna parte.», comenta una chica a la entrada de la biblioteca de la facultad. Regreso a Mataró muy pronto y, mientras anochece, camino por las calles del centro; la tranquilidad de este pueblo con aires de ciudad contrasta con el alboroto que había en Barcelona; hay algunas calles con casas de uno o dos pisos que me permiten ver el cielo con cierta claridad rural, absorbente.

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