(Diario de adolescencia) 19 de septiembre de 2017. Desorden, comida, clases



Ya hace una semana que empecé el curso, pero sigo notando un gran desorden cada día, al despertarme. Algunas mañanas me levanto a las seis, otras a las siete. Teniendo clases tanto por la mañana como por la tarde, ¿cuándo escribiré? Cuando no puedo sistematizar algo, me angustio; una creencia fuertemente arraigada en mí es que, sin constancia, no hay grandes logros que se puedan conseguir. Escribir o no escribir: ¿cuál es la diferencia?
Hoy me despierto con el ojo derecho irritado. Normalmente, dos horas de lectura me son suficientes para que el izquierdo se me enrojezca. Debería ir al oftalmólogo. «Necesitas gafas.», quizá me dirá, ofreciéndome esas de montura dorada que ahora se ven por todas partes. Gafas, bigote, nada es suficiente para amueblar mi cara; tengo una mandíbula importante y en mi frente me caben los cinco dedos de una mano; a veces, me miro en el espejo y veo tal cantidad de carne que me asusto y quiero dejar de reconocerme en ese rostro.
Desayuno copiosamente porque pasaré todo el día en Barcelona y no me gusta comer fuera de casa; no almorzaré. Es plenamente convencional que hagamos tres o cuatro comidas al día; prefiero desayunar y cenar abundantemente para no tener que almorzar ni merendar. ¿Por qué me incomoda comer en público? Dice Abril que también debe ser por una convención inculcada: «Alimentarnos es una necesidad fisiológica, es lo que más tenemos de animales. Tal vez por eso quieres esconderlo.» Puede ser. Me gusta comer estando solo, sin tener que dar conversación a nadie, y en grandes cantidades; quizá esta manía sea un síntoma de mi dificultad para relacionarme con los demás. No sé.
En la entrada de la facultad de Filosofía, alguien me cede el paso: me giro y veo que es Josep Maria Esquirol. Me presento. Hablamos. Haber conocido a uno de los pensadores que más he admirado y recomendado me ha iluminado la mañana. Los pasillos de esta facultad resultan más siniestros que los de la facultad de filología; quizá son más oscuros; las clases suelen ser animadas y se respira un espíritu crítico que creía complemente ajeno a la educación de hoy en día; aunque celebro todo este entusiasmo, soy demasiado tímido para dar mis opiniones e incluso dudo de que sean lo suficientemente sólidas como para comentarlas en una discusión. Entre una asignatura y otra, voy con Abril a Cèntric; segunda vez que entramos en este bar; habíamos decidido convertirlo en nuestro lugar de encuentro, pero es demasiado pequeño y mono; Abril preferiría que fuésemos variando de un café a otro; todo está bien.
Por la tarde, salgo de clase a las ocho y cuarenta. Mucho ruido en las calles de Barcelona. Esa luz amarillenta que ensombrece a quienes pasean. En el trayecto de vuelta a Mataró, no veo más que oscuridad a través del cristal de la ventana; intento leer, pero la cabeza se me va hacia otra cosa; hace días que duermo muy poco y ―aunque parezca una contradicción― aun así no consigo sentirme satisfecho con todo lo que hago. El error, quizá, sea más profundo.

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