(Diario de adolescencia) 18 de septiembre de 2017. Fin de semana, pintauñas, conexiones



El fin de semana ha pasado y casi no he leído nada. Aún he escrito menos; quiero decir, no he escrito. Solo salí de fiesta el sábado y, el domingo, dormí hasta las tres. No hay mucho más que pueda hacer. Seguiría con la novela que ya había emprendido, pero, a veces, me siento como si estuviese llamando a una puerta detrás de la que no hay nadie. En cualquier caso, hoy empieza una nueva semana. Voy a una clase de Filosofía por la mañana, me doy prisa para volver a Mataró a almorzar y, por la tarde, por más que haya corrido, llego tarde a la primera hora de Filología Catalana. Entre clase y clase, salgo a la calle; en Sephora, compro un pintauñas; hago una cola interminable; no me duele esperar porque soy paciente y porque algunas de las chicas que también están en la cola me distraen con las sombras y luces que llevan sobre la piel. De vuelta a la universidad, pienso en los destinos tan dispares a los que se dirigen los transeúntes con que me voy cruzando; todo gesto humano que veo a mi alrededor implica toda una vida, toda una vida conectada a centenares de otras vidas a través de sentimientos presentes y pasados.

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