(Diario de adolescencia) 15 de septiembre de 2017. Pesadillas, clase, escepticismo y dogmatismo

 

Las dos últimas noches, he tenido pesadillas bastante agobiantes. Anteayer, soñé que me encontraba en los camerinos de una discoteca y que alguien me robaba el móvil; lo buscaba desesperadamente. Anoche, el sueño consistió en que el segurata de una discoteca intentaba echarme porque me había encontrado sentado en el escenario donde pinchaba el deejay. ¿Por qué tantas discotecas? ¿Por qué esta preocupación por un bien material? Me creía más ajeno a mis propias posesiones. Quizá, poco a poco, esté volviendo a ser como cuando era un niño: centrado en mi consumo, solo en mi propio consumo; deseoso de conservar mis propiedades. No sé. La verdad es que no sé por qué se está dando este movimiento dentro de mí: he pasado del materialismo más frecuente a que me importen bastante poco mis bienes y, ahora, vuelvo al materialismo como si fuese mi estado natural. ¿Habrá influido que esté más pendiente de las redes sociales? Es posible. Últimamente pienso más en la ropa, en la decoración de mi habitación, en que lo que me rodee sea bonito; no pienso en ello como en un deleite estético, sino buscando una especie de ideal que se basa en los patrones que me han hecho aprender: ¿cómo salir de todo ello? ¿Cómo apreciar lo que hay en el mundo material sin dejar de lado la reflexión, la contemplación artística, la sensualidad? La frivolidad se encuentra en todo; cuanto más se ve, más posibilidades hay de volverse frívolo: ¿acaso nunca nos han dicho que quien mucho abarca poco aprieta? El mundo me desborda. Demasiadas cosas. Muchas fotos a las que poner like, mucho contenido que crear para labrarse una imagen, mucha gente que ver por la calle. Y, a fin de cuentas, dudo de que la felicidad esté restringida a los interiores o a los exteriores, de manera que debe ser algo más relacionado con el enfoque que tomamos que con el espacio en que nos encontramos.
Me levanto a las siete. Voy a Barcelona. Llovizna de esa que llaman «ligera»; preferiría tacharla de caprichosa, porque es el adjetivo que se me ocurre cuando la veo caer en Carrer Pelai. Bajo hasta la facultad de Filosofía y asisto a una clase de dos horas. Seguimos con la pregunta de qué es la filosofía. Es imposible avanzar si siempre hay alguien que cuestiona el siguiente punto del temario, pero hay algo en esa actitud de contestación que es extremadamente agradable; avanzar o no avanzar pasa a importar poco. La profesora duda tanto de que nos podamos quedar en el relativismo como en el dogmatismo; insiste en el relativismo que impera en nuestros días. Se nos exigen convicciones y, al mismo tiempo, se nos critica por osados si las tomamos. Hay algo en el acto de elegir (en especial, elegir opiniones) que, desde hace tiempo, se me plantea como una dificultad: elegir no solo supone descartar opciones, sino también posicionarse y, con ello, cobrarse tanto aliados como enemigos. ¿De dónde viene este miedo irracional a ganarme enemigos? En mi adolescencia, no me preocupaba en absoluto. Sin embargo, ahora insisto involuntariamente en mostrarme agradable con todo el mundo y no dudar de lo que nadie me dice. Quizá ese comportamiento sea lo último que se esperaría de un estudiante de Filosofía.
Más tarde, vuelvo a Mataró. Me pica la garganta: ¿serán de nuevo anginas? Este dos mil diecisiete está siendo uno de esos años en que las enfermedades se encadenan como números de circo. Bueno. Me digo a mí mismo que ha valido la pena ir a Barcelona aunque solo tuviera una clase de dos horas. La profesora es maravillosa: dotes oratorios, un profundo respeto por los estudiantes, amante de la discusión. Pienso en algunos de los temas que ha planteado a lo largo de todo el día. También leo. Miro la lluvia, que prosigue por la tarde. No hago mucho más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario