(Diario de adolescencia) 14 de septiembre de 2017. Edificios, falta de respeto, capital



El edificio moderno al lado del edificio antiguo de la facultad: Edifici Josep Carner y Edifici Històric. El primero, minúsculo enfrente del segundo, que se extiende por toda la manzana, prácticamente. Ah, lo moderno, lo actual. Lo moderno ante el peso de lo histórico: qué pequeños somos delante de todo lo que ha ocurrido. Al mismo tiempo, lo histórico me parece menos imponente si lo pongo al lado de la eternidad. Un momento: ¿qué es la eternidad? Otra idea inasible, fallida, errónea, quizá. O, más que errónea, hipotética. A saber. Espero en el semáforo de delante del edificio, en Plaça Universitat.
En una de las clases de Filosofía, la profesora pregunta qué es la filosofía. Bien. Abril es la primera en alzar la voz: divina, como siempre. Coincido con gran parte de lo que dice y me vienen ganas de exclamar: «Solo podría añadir una nota a pie de página a lo que ella ha dicho.», pero soy demasiado tímido como para hablar en voz alta en la primera clase de una asignatura.
Otro chico dice: «He escogido la carrera de Filosofía porque, cuando estoy deprimido, me pregunto por el sentido de mi vida. No sé si debería haber escogido Psicología, más bien.» Hay risas. Una voz, detrás de mí, dice: «Tal vez debería haber escogido Educación Física.» Me molesta. Sí, un comentario así me molesta. Lo ha dicho alguien a quien no pongo cara y en un tono de voz neutro, pero ni admirar a la persona que lo ha pronunciado serviría para que lo dejase de considerar un comentario estúpido. Uno se esfuerza por moverse, por desplegarse, y, muchas veces, lo que se encuentra es la reticencia o el desprecio de los demás.
El respeto hacia los demás puede que sea un fundamento ético muy válido. No se vale burlarse de alguien, sea enfrente de él o a sus espaldas. Alguien podría extrañarme: «¿Tampoco a sus espaldas?» No, creo que no. He conocido a personas muy criticonas, personas descaradamente hipócritas que primero saludaban a alguien y, cuando este se alejaba, lo descalificaban; ante estas personas, siempre me he dicho: «Si se ríen de los demás cuando están conmigo, probablemente se burlen de mí cuando están con los demás.» Un escalofrío me sobreviene al pensarlo. En fin. Me ha molestado que un desconocido dijese eso de Educación Física porque la definición de la filosofía que había hecho el compañero no estaba fuera de lugar y porque usar la Educación Física como término peyorativo me invita a pensar en una persona ignorante, una persona que no se muestra receptivo ante las disciplinas distintas a la suya. Quizá la mejor definición del sabio sea la que dice que es un hombre con curiosidad, con anhelo de saber; no es lo mismo un sabio que un erudito; sabio se contrapone a ignorante, simplemente.
No solo soy un chico introvertido: también soy tímido. Las cámaras no me intimidan, pero, ante un gran público, me entran temblores que no puedo controlar por más que me convenza de que nadie se me va a comer. «¿De qué tienes miedo?», me preguntaban los adultos cuando era un crío. No, no tengo miedo de que nadie se me vaya a comer, pero he conocido a demasiadas personas que trataban con maldad a quienes se atrevían a pronunciarse como para que ahora no me asuste hacerlo. Hay temporadas en que siento que la timidez me supone un mayor obstáculo y temporadas en que la olvido, pero estoy bastante seguro de que me enfrentaría a los acontecimientos de mi vida con mayor seguridad si la condición humana, en parte, no consistiese en buscar el reconocimiento del prójimo.
Por la tarde, voy a dos clases y, entre la una y la otra, me tomo un descanso en una cafetería. Pido un café con leche y me como un bikini que llevaba de casa: cada pocos segundos, echo una mirada furtiva a los camareros para que no me pillen con comida de otro lugar. Este semestre, tengo muchas horas muertas; muchas horas que, en principio, debería dedicar al estudio. Será agradable pasar tanto tiempo en Barcelona. Espero acabar viviendo en esta ciudad. Antes de estudiar aquí, la vida barcelonesa me fascinaba; ahora que estudio en una universidad de esta capital, sigo encantándome por las sorpresas que la ciudad me reserva. La primera vez que fui a Barcelona solo, sin mis padres, corrí a visitar Carrer Tallers, porque algunas personas extravagantes me habían hablado de esa calle y me la imaginaba como una especie de imperio de lo glamuroso y lo fantástico; quizá tenía doce años.

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