(Diario de adolescencia) 13 de septiembre de 2017. Un escritor de diario, tiempo cálido, El Jardín del Edén



Un escritor cuya única obra fuese su diario personal. Fantaseo con esa idea a veces. Suelo sentir que el sentido más firme de mi propia vida, el sentido más profundo que le he dado, es tratar de narrarla. Sea como sea, hay días en que tengo muy poco por escribir en este diario, pero, igualmente, me animo a hacerlo. Escribir aquí ―en otras palabras: escribir lo que me da la gana sobre lo más inmediato de mi existencia― me tranquiliza, me da una falsa impresión de orden y constancia.
Hoy, el tiempo se ha mantenido cálido. Por la mañana, bajo al negocio familiar y, encima de la persiana, pego una nota: «Provisionalmente, abierto solo por las tardes. Disculpen las molestias.» Vemos los cambios más notables de nuestro día a día con resignación; me atrevería a decir que la resignación con que recibimos golpes es de lo más propio de la condición humana.
Luego, me voy a la uni y, a media tarde, salgo a tomar un café con Clara, una compañera de cuando iba al Ateneu Barcelonès. Vamos a El Jardín del Edén, en Carrer de Jovellanos. «Desde fuera, parecía más bonito.», me dijo ―en realidad, no me lo digo, sino que se lo digo a Clara; además, en el momento en que se lo digo, una camarera pasa por delante de nosotros y temo que me haya podido oír. Hablamos de su carrera, de mi carrera, de la autoficción, de, no sé, todo eso. De un momento a otro, se me ocurre proponer un tema más de cotilleo, pero la conversación ha tomado una dirección tan determinada, tan centrada en la cultura, que noto que mi tema pensado quizá no encajaría. Hay pocas personas con quienes pueda pasar de un tema personal a un tema más académico con soltura.
Después, voy a una última clase y vuelvo para Mataró a las ocho y media. Me deprimo. No sé si me deprimo en el autobús o después de bajar del autobús. La cuestión es que llego a casa y siento cierto malestar, cierto no saber cómo actuar a continuación. Me quiero ir a la cama, pero no lo hago. Pienso en las redes sociales: es cierto que hemos nacido con ellas, pero, cuando estoy más activo en Instagram o en Twitter, tengo la sensación de que me estoy perdiendo algo de lo que realmente debería valorar. Además, cuando estoy muy conectado a las redes, tiendo a pensar demasiado en los demás y en cómo deben ser sus vidas; llego al extremo de la envidia, que había conseguido descartar de mi propia vida. No sé. Quizá el estado de serenidad interior que querría para mí siempre es provisional. Ya creía que algo se había roto dentro de mí el mayo pasado: ¿realmente ha ocurrido o es una de mis manías esto de contarme mi propia vida como si consistiese en una decadencia tras otra? No hay subidas ni declives, de hecho: solo hay hechos que juzgamos en función de una moral, unos valores, en fin, todo eso de lo que nos despojaremos al morir. Bueno. Veo la necesidad, de todos modos, de afirmar unos valores con tal de aprender a vivir con un poco de calma y seguridad.

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