(Diario de adolescencia) 12 de septiembre de 2017



Primer día en la facultad de Filosofía. Mañana por la tarde empezaré las clases de Filología Catalana. Parece que el mundo vuelva a su ajetreo habitual. Anoche, un borracho perseguía a un chaval delante de mi casa mientras le increpaba; los observaba desde la ventana de mi cuarto; el chico se llevó su móvil a la oreja y empezó a contarle a alguien que un hombre le había estado persiguiendo desde que había salido del portal de su casa; el borracho se largó en dirección opuesta a la del joven y trató de robar una bicicleta atada en un poste. Es una evidencia, pero cabe recordarla: no vivimos solos; no estamos dentro de una burbuja. Cualquier día podemos salir a la calle y ser insultados por un desconocido. Hagamos un cambio en la historia que acabo de contar: imaginemos que el borracho de anoche hubiese sido un loco cargado con un revólver y yo hubiese sido el chico que huía; todas las preocupaciones que me vuelven a la mente una vez y otra, todas esas vanas preocupaciones, habrían desaparecido desde el momento en que ese tipo hubiese apretado el gatillo; siempre vivimos al borde del precipicio, por más que reivindiquemos la cotidianeidad. No vale la pena vivir angustiados, pero sí que podríamos tener la muerte más presente con tal de actuar con coraje y seriedad: el tiempo es irreversible y deberíamos actuar en consecuencia.
Esta mañana, solo he tenido una clase. En realidad, tenía dos, pero la primera ha sido suspendida. La segunda, la única, ha sido puramente introductoria. Abril ―a quien conocí durante el primer año de Filología Catalana y que también acaba de empezar la carrera de Filosofía― y yo hemos ido por primera vez a Cèntric, un bar de Carrer Tallers que es demasiado mono como para que más de un artista famoso no lo hubiese descubierto antes que nosotros. Hemos decidido convertir ese sitio en nuestro refugio para cuando tengamos huecos entre clases. Pasa, por detrás de nosotros, una camisa azul claro: ¿es el mismo que vi en la presentación de la carrera, en julio? Me lo quedé mirando fijamente. Abril asegura que ha estado en la misma clase que nosotros. Siento una viva curiosidad. Ya habrá tiempo para averiguar quién es. Abril me dice: «Mira, hay un espejo perfecto para que hagas una de tus fotos.» Le digo: «Vendremos tantas veces que tendremos tiempo de sobra para gastarlo.»
En el autobús de vuelta a Mataró, una mujer comentaba: «Trabajo en un centro penitenciario con chicos que quieren sacarse el bachillerato. ¿Sabes quiénes fueron los primeros alumnos que tuve? Esos que quemaron a un vagabundo. Me preguntaron: “¿Sabes quiénes somos?” Y me lo contaron riéndose. Eran dos pijos de Sarrià.» No sé si es más preocupante que hayamos dejado de pensar en la muerte o que ignoremos la crueldad que nos rodea.
Yo mismo suelo olvidar que la perversidad también forma parte de la realidad. Mantenemos las apariencias hasta tal punto que es imposible llegar a conocer a alguien perverso; dejando de lado que no podamos acercarnos a los demás porque no tenemos la capacidad de hacerlo, también podríamos asegurar que lo que nos distancia de los demás son las mentiras que soltamos constantemente con tal de favorecer nuestra propia imagen.

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