(Relato) Ser fuerte no es tan fácil



Oía, desde mi habitación, cómo subía las escaleras con sus pasos de gigante o soldado o elefante o salvaje. Vivíamos en el primer piso de un bloque céntrico. Nuestras habitaciones estaban puestas en paralelo, aunque la suya tenía más espacio porque era el hermano mayor y, como había llegado antes, se había quedado con lo bueno. Sus pasos resonaban sobre cada peldaño como si quisiera perforarlo. Sus zapatos debían estar hechos con el mismo material con que se hacen los timbales, porque golpeaban el suelo ruidosamente. No había, en su andar, ni un poco de calma. Si hubiera tenido tiempo de reaccionar, habría cerrado la puerta de mi cuarto antes de que entrase en casa. Pero no. Metió su llave en el cerrojo y, al cabo de unos segundos, ya estaba en el recibidor, clavando los tacones de sus botines sobre cada baldosa que pisaba.
Ahora se encontraba dentro y daba vueltas como una abeja ocupada en llevar miel de un lado a otro. Siempre se movía con esa prisa, con esa desenvoltura. Cuando era pequeño, me decía a mí mismo: «Algún día haré tantas cosas como mi hermano.» Tenía ocho años más que yo y me había costado dejar de verlo como un modelo a seguir.
Se dirigió a la cocina y abrió la nevera. Sacó su almuerzo y lo puso sobre la mesa en que hacíamos comidas familiares. Mi madre también estaba en casa, aunque, a esa hora, se habría encerrado en su dormitorio para hacer la siesta. Siempre había reñido a mi hermano porque dormía hasta tarde y, sin embargo, ella se paraba a descansar a diario: ¿qué diferencia había entre dormir hasta las once de la mañana o ponerse a dormir a las cuatro mientras cada uno cumpliese con sus obligaciones? Esa era la pregunta retórica que me hacía constantemente. Era retórica porque solo la mantenía dentro de mi cabeza.
Tenía hambre. Eran las tres de la tarde y todavía no había comido. Sin embargo, si mi hermano estaba en la cocina, no entraría allí. Me habría puesto demasiado nervioso. Me habrían temblado las manos y no habría sabido cómo sujetar los cubiertos. Vasos, platos, todo se me habría caído al suelo. El corazón me habría latido rápido y habría olvidado cómo respirar o pestañear con normalidad. Cuando me sentía incómodo, respiraba o pestañeaba como si fuera la primera vez que lo hacía. También me entraban tics: el meñique se me movía como una rama picoteada por un pájaro; también un nervio cercano a la ceja y uno del cuello.
La situación era un rollo. Quería salir de mi cuarto, comer e irme a la universidad. No lo haría. Todos éramos adultos y no tenía por qué aguantar escenas como esa, pero las aguantaba. Mi hermano masticaría lentamente y tardaría una media hora en irse de nuevo.
Mamá salió de su dormitorio y se dio cuenta de que yo aún no había almorzado. Quería limpiar la cocina. Se dirigió a mi habitación. «Ve a comer de una vez. Tengo que barrer, pasar la fregona, el paño por los fogones… Y si tú estás allí, no podré hacerlo.» La miré fijamente. Creí que comprendería que no me veía capaz de tragar un solo bocado en presencia de ese individuo. No comprendió. Hizo una señal con el dedo como la que hacía cuando era niño y me daba una orden definitiva. Ese dedo era el dedo que sellaba cada una de sus palabras. Por encima de ese dedo, tal vez, solo se habría impuesto el dedo de papá.
Llamaron a mi hermano por teléfono y tuvo que irse a toda pastilla. Como estaba de guardia, le salían imprevistos a todas horas. Miré hacia el techo y pensé en dar gracias a Dios, pero después recordé que no creía. Me dirigí a la cocina segundos después de que hubiera cruzado la puerta de la calle. El plato había quedado sobre la mesa, a medio comer. No había tenido ni el detalle de recoger su vaso y su servilleta; yo no lo haría. Me senté delante de mi plato de espaguetis y me apresuré para no llegar tarde a clase.
«Si ves que tu hermano ha dejado el plato, ¿no podrías hacer el favor de recogerlo? ¿Estás tan poco dispuesto a esforzarte?», me preguntó mamá, desde el umbral de la sala. Decidí ignorarla, saboreando la pasta en silencio y con los ojos vueltos hacia una pared. «No sé qué se hará de ti.», insistió. ¿Debía tener un mal día? ¿Por qué lo pagaba conmigo? «Si esperas que esa carrera que estás haciendo te dé de comer, lo tienes claro.»
Me levanté y fui a cambiarme los zapatos y coger la mochila. Dejé mi plato justo al lado del de mi hermano; no me lo había terminado. Los ojos se me habían cubierto de lágrimas, pero agachaba la cabeza para que mamá no me viese. Se mantuvo inmóvil y, al oír que iba a salir, gritó que volviera para ordenarlo todo. Cerré la puerta con sigilo. Por la calle, me pasaba los dedos cerca de las pestañas y respiraba hondo; rezaba para que mis compañeros no me notasen alterado.
Hervía por dentro, pero confiaba en que la gente con que me topaba no lo podía ver. La idea de dar pena a los transeúntes me avergonzaba. Quería taparme, esconderme, porque, cuando me ponía el dorso de la mano sobre la mejilla, sentía que estaba muy caliente; probablemente, se me habría enrojecido. ¿Por qué tenía que ser tan blanco? Si hubiera ido más a la playa el verano anterior, la tez morena me habría disimulado ese color: color a carne cruda o a rosa rosa.
Travesé Ronda Universitat con paso atropellado. Cuando entrase en la uni, lo primero que haría sería ir a los baños. Iría a los del tercer piso, porque raramente encontraba a nadie en ellos. Me enjugaría la cara y me miraría en el espejo hasta que me hubiera calmado. Bien. Crucé Plaça Universitat con miedo a resbalar: ese suelo siempre me había parecido demasiado liso. Tuve que esperar veintitrés segundos en el semáforo de Gran Via. Ya en Carrer Aribau, próximo a la entrada, aflojé la marcha y miré hacia el fondo de la calle: «¿Y si en lugar de ir a clase caminara un poco?» Pasé de largo la uni. Seguí hasta la siguiente calle transversal y giré a la derecha.
Me topé con el Seminari Conciliar. Siempre me había hecho pensar en la casa de muñecas de una niña crecida. El jardín que tenía enfrente se mostraba desierto. Había una escultura negra que parecía un ángel caído, pero debía ser conmemorativa. El edificio transmitía serenidad: ventanas cerradas, ladrillo plano color madera. Me imaginé viviendo allí dentro y, después de cruzar de acera, me colé por una puerta enrejada. Cuando no tenía nada que hacer, iba a ese lugar; nunca me habían impedido el paso; los seminaristas se cruzaban conmigo como extrañados, pero no se atrevían a dirigirme la palabra.
Me puse a dar vueltas por uno de los claustros. La vegetación del centro, vivísima y radiante de luz, me invitaba a olvidar preocupaciones, pero, si había ido hasta allí, precisamente era porque quería reflexionar sobre ellas. Mamá. No había otra cosa que se me presentase a la mente con más claridad: el rostro de mamá con todas sus arrugas, su mueca seria, sus ojos como balines. Al imaginármela, no la relacionaba con mi padre, sino con mi hermano. Los veía a los dos discutiendo con toda esa rabia perra que llevaban encerrada. Si no hubiera sabido que se peleaban en serio, habría jurado que se gritaban porque, de la misma manera que algunos hacen yoga, ellos descargaban sus malas vibraciones así. Lo suyo no tenía nada que ver con una descarga de malas vibraciones. Se gritaban lo suficiente como para hacerse daño, pero, a diferencia del niño que toca una llama de fuego y aparta la mano, ellos siempre volvían al mismo punto.
«¿Cuántos meses hace que no me hablo con mi hermano?», me pregunté a mí mismo. Ya habría pasado más de medio año desde aquel día en que me sumé a una de sus discusiones con mamá. No había echado de menos hablar con él; sin embargo, era incómodo que nos ignorásemos como si hubiera un muro interpuesto entre los dos. Si alguna vez su mirada se cruzaba con la mía, un respingo me recorría todo el cuerpo y me entraban ganas de huir lejos.
Era curioso que un silencio pudiese albergar tantos matices: el silencio de ese claustro no me inquietaba; un silencio en compañía de mi hermano, en cambio, me torturaba, porque me hacía consciente de cuántas cosas malas sobre mí estaría pensando. Me dolían. Esos silencios me dolían más que un insulto porque un insulto era solo palabras y un silencio significaba que mi hermano estaba odiándome sin decirme que me odiaba, tan callado como alguien a quien torturan con la boca vendada.
La mochila me pesaba y la dejé en el suelo. Encima de los arcos que circundaban el claustro, había la galería del primer piso. Algunas sombras se deslizaban por allí sin que sus voces me alcanzasen; quizá no decían nada. ¿Qué habría ocurrido si, en ese momento, mi hermano hubiese entrado en el claustro? Todo habría cambiado. Ese reposo que veía en cada una de las cosas que me rodeaban se habría desvaído y solo habría podido pensar en mí mismo, en cuán ridículo era, allí, de pie, con un brazo a cada lado como un árbol con dos ramas torcidas. Si hubiese entrado, habría cogido mi mochila a toda prisa y me habría dirigido a la salida. Inevitablemente me habría tropezado; cuando estaba en el mismo lugar que él, notaba que mis piernas y mis manos flaqueaban, no podían moverse sin equivocarse en algún gesto. Yendo más allá, diría que, si ponía los ojos sobre mí, sin importar lo que hiciese, me hería: todo tenía el sentido torpe de las personas que se sienten despreciadas.
La primera clase ya habría empezado. Me cargué la mochila a la espalda y salí de allí. ¿Qué habría dicho mamá si se hubiera enterado de que llegaba tarde a la uni? «Tienes pocas obligaciones e, igualmente, no sabes cumplirlas.» O algo por el estilo. No sé. Quizá, si se hubiera enterado un día que estuviese de buen humor, simplemente habría sonreído. O tal vez no. Se me hacía difícil pensar en ello porque pocas veces hablaba sobre la carrera con mis padres. Dejaban que la fuese haciendo sin preguntarme por mis asignaturas, por mis profesores. No me esforzaba por contarles nada sobre cómo era mi día a día en la facultad. Hacía una división estricta entre mi casa y la universidad: el primer lugar era en el que me encerraba a leer, en el que casi nunca abría la boca, en el que dormía; el segundo lugar era en el que reía, en el que estudiaba, en el que escuchaba.
Por los pasillos, ya no quedaba nadie. Todas las puertas estaban cerradas. Abrí lentamente la de un aula y entré. Agaché la cabeza para saludar al profesor y corrí a sentarme a la primera mesa que encontré libre.

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